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27 de abril de 2018

La Necedad Juvenil - Meng




EL DICTAMEN

La Necedad Juvenil tiene éxito.
No soy yo quien busca al joven necio,
el joven necio me busca a mi.
Al primer oráculo doy razón.
Si pregunta dos, tres veces, es molestia.
Cuando molesta no doy información.
Es propicia la perseverancia.


El maestro Kong saludó a la multitud de sus discípulos, que habían acudido para asistir a su partida, y su carro partió veloz en medio de una nube de polvo. Al llegar a la capital del reino de Zhou, el cochero detuvo el carruaje ante la biblioteca real. El maestro Kong bajó de su cuadriga, se limpió el polvo de su vestido de seda púrpura, reajustó su birrete de letrado y subió los escalones del edificio. Había venido a pedir audiencia al conservador de los archivos, cuyo nombre era Lao Tan. Aunque dicho anciano era tan discreto como un tigre de caza entre hierbas altas, se rumoreaba que poseía la más alta comprensión del Tao y que era el maestro secreto de algunos altos dignatarios. El Maestro Kong, el príncipe de los eruditos, quería salir de dudas. Estaba impaciente por medir su ciencia con la de él.

El ilustre filósofo atravesó un laberinto de estanterías y fue introducido en el antro del bibliotecario. Era un apartamento modesto donde, contra toda pre-visión, no había ni un solo libro, ni el más mínimo rollo. La pieza principal estaba asombrosamente vacía, amueblada únicamente con dos esteras y una mesa baja. Allí estaba el viejo archivero, sentado sobre su alfombra de paja trenzada. Aún estaba secándose los cabellos que, evidentemente, acababa de lavarse. Dejó la toalla y levantó la cabeza hacia su visitante. Sus largos cabellos blancos estaban totalmente despeinados, aureolando su cráneo cano y calvo. Su mirada, extraviada, parecía sumergida en un abismo sin fondo. Su rostro era tan inexpresivo como un viejo tocón. Al maestro Kong, el buen orador, le abandonó su elocuencia. Tosió débil y repetidamente y empezó a balbucear:

-Perdóname, Maestro, he llegado un poco pronto. Sin duda te molesto… Quizá no hayas terminado de arreglarte… ¿Estás cansado?

-¡En absoluto! Pasa -dijo riéndose el anciano, con una sonrisa que dejó al descubierto dos hileras de dientes agujereados- ¡Siéntate! No te sorprenda mi silencio. Simplemente vengo a remojarme en la Fuente ancestral… Pero dime, ¿a qué debo el honor de tu visita? He oído decir que eres un sabio célebre en los principados del Norte. Los discípulos afluyen a tu escuela para ser admitidos. ¿Qué podría enseñarte un viejo archivero como yo? ¿Estás buscando un libro raro?

-Hay quienes afirman que posees un profundo conocimiento del Tao. Dado que me considero un eterno estudiante, vengo a preguntarte al respecto.

-Bueno, ¿sabes?, a mi edad, mi cabeza está vacía y mi boca tan atónita que no siempre encuentro las palabras para contestar. Pero antes de nada dime: ¿cómo has buscado tú el Tao?

-He estudiado detenidamente a los Seis clásicos. Conozco a la perfección el libro de las Odas, los de la Historia, los Ritos, la Música, las Mutaciones, y el de la Primavera y el Otoño. Los he compilado, explicado y argumentado. He extraído de ellos principios para iluminar a los demás. Esos preceptos son tan útiles para gobernarse a sí mismo como para dirigir un Estado.

El viejo Lao sacudió la cabeza, chasqueó la lengua. Sus ojos brillaron como brasas y profirió estas palabras:

-¡Qué suficiente eres, qué arrogantes son tus palabras! ¿Acaso todo ese celo no es dañino? Y dime, ¿los príncipes te han escuchado?

Al oír esta pregunta, el maestro de la moral y de los ritos olvidó todo decoro. Se quitó su birrete de letrado, se enjugó la frente con sus largas mangas, suspiró ruidosamente y contestó:

-Es cierto que a los gobernantes les resulta difícil practicar mis consejos. Yo mismo he sufrido dolorosos fracasos al querer aplicarlos en algunas funciones oficiales que he tenido el honor de de-sempeñar…

El anciano se golpeó los muslos y se echó a reír:

-¡Por supuesto! No puede ser de otra manera. Las osamentas de quienes escribieron todos esos libros seculares quedaron ya reducidas a polvo. La huella dejada en el camino no es la sandalia como tal. Las palabras son cáscaras vacías para quien no comparte el soplo que las forjó. Quien se entrega al estudio crece día a día. Quien se consagra al Tao mengua día a día hasta alcanzar el Vacío primordial. ¡Y con el No-obrar nada hay que se pueda alcanzar! Lo mismo que el agua de un manantial brota espontáneamente, la virtud del hombre perfecto es natural y no requiere perfeccionamiento alguno. ¡Abandona todo ese fárrago de reglas morales que perturban la mente y vuelve a tu naturaleza original!

El Maestro Kong, el virtuoso de la retórica, se quedó boquiabierto, el rostro carmesí. Se inclinó maquinalmente y abandonó la sala sin decir palabra.

Cuando su carro se detuvo en el patio de su residencia, sus discípulos acudieron como un enjambre de abejas ávidas de beber el néctar de sus palabras.

-¡Dinos, Maestro, cómo te ha ido en tu entrevista con ese tal Lao Tan!

El filósofo frunció el ceño y, con aspecto enfurruñado, contestó:

-A un pájaro en vuelo se le puede alcanzar con una flecha. A un pez que nada en las aguas profundas se le puede atrapar en una red. Pero al dragón que se alza por los aires ¿quién puede detenerlo? ¡Y ese Lao Tan es uno de ellos!


Seis en el quinto puesto significa:
Necedad infantil aporta ventura.

Un hombre inexperto que de manera infantil y sin pretensiones busca enseñanza, tiene todo a su favor. Pues quien libre de soberbia, se subordina al maestro, se verá estimulado con toda seguridad.

El maestro Kong estuvo tres días sin hablar ni comer. Pasó tres meses encerrado en su casa sin recibir a nadie en absoluto. Cuando finalmente salió de sus aposentos, fue para regresar directamente a la biblioteca real de Zhou con el propósito de enfrentarse allí de nuevo con el viejo dragón.

Apenas cruzado el umbral del apartamento del bibliotecario, el filósofo se inclinó hasta rozar el suelo y declaró: -Los cuervos y las urracas incuban sus huevos, los peces lanzan su freza, el nacimiento del hermano menor hace llorar al primogénito, la oruga se metamorfosea en mariposa. Hace mucho tiempo que ya no participo de estos cambios que son la ley del mundo. ¿Cómo podría entonces pretender transformar a los demás?

El viejo archivero sonrió y murmuró: -Está bien, has encontrado la entrada del Sendero.


17 de marzo de 2016

Un modo de empleo




Éste no es un libro para ser leído,
sino para ser frecuentado,
como un amigo íntimo,
secreto. Puede pedirle
que le sustente, y le sustentará,
que le alumbre, y le alumbrará,
que le conmueva, que juegue, y jugará con usted
al juego más misterioso del mundo,
el del azar que no existe.

Hágale una pregunta, inquieta
o esperanzada, en todo caso íntima,
una de esas preguntas que está más allá de
la inteligencia y que de ordinario se le hace
al corazón con los ojos cerrados. Ábralo
al azar. Dentro hay alguien que le habla.
No solo le dice cosas
más o menos interesantes, no, 
sino que contesta a esa pregunta
que ni siquiera ha expresado en voz alta.
Él responde a su manera, a veces
de forma desconcertante. Pero no se sorprenda.
Extrañamente, lo que en él se dice
siempre tiene sentido.

Es un juego que se practica 
desde tiempos milenarios con los libros
que, de tan amados, han permanecido vivos,
y, por tanto, activos, a pesar del tiempo acumulado.
Numerosos príncipes, antes de izar
sus banderas han consultado la Biblia,
el Corán o los Vedas.
Numerosos viajeros espirituales,
seres a ratos perdidos, a ratos
demasiado solos o sencillamente preocupados
por sortear un obstáculo -usted y yo, a fin de cuentas-,
han pedido a los cuentos que alumbren su camino.
Y los cuentos les han proporcionado
la luz que necesitaban.

¿Por qué, cómo, de dónde vienen las respuestas?
No hace falta buscar una explicación,
ni tampoco hablar mucho sobre ello.
Sé, por haberlos frecuentado durante toda mi vida,
que los cuentos son ancianos inmemoriales
y benévolos. Conocen la música
del corazón del mundo. Responden siempre
a nuestras preguntas, a poco que se lo pidamos,
con esa misma inocencia de la que están hechos.

Guarde este libro cerca de usted.
Ábralo de vez en cuando,
como quien visita a un amigo.
Y si necesita un consejo,
una luz que ilumine su periplo íntimo,
hágale una pregunta, por simple juego. Cierre los ojos.
Abra el libro. Abra los ojos.
Dele las gracias a quien quiera.


Henri Gougaud - Cuentos de los sabios taoístas


4 de agosto de 2015

Sobre la consulta


Esta frase de Rumi me llevó a pensar en la importancia decisiva que tiene la pregunta, la manera en que consultamos, la forma de abordar eso que intentamos sacar a la luz.
Cada vez que consultamos, buscamos una respuesta que se escapa de nuestras maneras habituales de conseguir respuestas. Suelen ser situaciones complicadas, una "tribulación" diría Ritsema, frente a la cual, nuestras respuestas racionales no alcanzan.
La pregunta es el anzuelo con el que intentaremos "pescar" esa respuesta tan esquiva a nuestra razón y, seguramente, tan certera para resolver nuestro dilema. 

Anzuelos, palabras, preguntas... "trampas para atrapar al Tao", diría  alegremente Chuang-Tse. 

Claro, justo cuando llego a entender la importancia de una pregunta bien formulada, es cuando surge con más fuerza la importancia de la respuesta, una respuesta que va a venir bajo una forma inusual, con un lenguaje que, muy probablemente, no sea el que esperaba... vendrá a mostrarme cosas que no esperaba ver, o quizás sí, pero desde un ángulo distinto. 

Sí, la respuesta es tan importante como la pregunta, es más, son una misma cosa... ¿Cómo? ¿Pregunta y respuesta una misma cosa?. A ver. la pregunta, la necesidad ineludible de preguntar, ya lleva implícita la respuesta, solo que no lo vemos. La pregunta es la forma que toma una respuesta que pugna por salir, una manera de decirnos que debemos buscar ahí... "No me buscaríais, si no me hubieras encontrado"

En fin, abismo sobre abismo, dice Jung en su prólogo al I Ching en la versión de Wilhelm, y acierta de medio a medio. Ese es el marco en el que se desarrollan las consultas, un lugar donde no hay certezas y solo la modesta brújula del consultante es el instrumento que logrará guiarlo hacia la salida.

6 de junio de 2014

Modo de Empleo




Éste no es un libro para ser leído,
sino para ser frecuentado,
como un amigo íntimo, secreto. Puede pedirle 
que le sustente, y le sustentará,
que le alumbre, y le alumbrará,
que le conmueva, que juegue, y jugará con usted
al juego más misterioso del mundo,
el del azar que no existe.

Hágale una pregunta, inquieta
o esperanzada, en todo caso íntima,
una de esas preguntas que está más allá de
la inteligencia y que de ordinario se le hace
al corazón con los ojos cerrados. Ábralo 
al azar. Dentro hay alguien que le habla.
No solo le dice cosas
más o menos interesantes, no,
sino que contesta a esa pregunta
que ni siquiera a expresado en vos alta.
Él responde a su manera, a veces
de forma desconcertante. Pero no se sorprenda.
Extrañamente, lo que en él se dice
siempre tiene sentido.

Prólogo al libro "Cuentos de los Sabios Taoístas", de Pascal Fauliot. Paidos Orientalia
ISBN 978-84-493-2798-8


No es una introducción al I Ching, aunque bien puede serlo. Me gustó y por eso lo comparto.

Finalmente, eso que algunos buscamos con tanto ahínco está ahí, siempre estuvo ahí, escondido, inaccesible muchas veces... pero las palabras inspiradas, los signos de cualquier índole, pueden ser las trampas para atrapar ese sentido que se escapa a las definiciones puramente racionales. Solo necesitamos entrar, de alguna manera, en posesión de la clave que nos abra a esa comprensión. Solo es necesario que la luz revele eso escondido en las sombras... pero no cualquier luz y, claro, tampoco cualquier observador puede ver lo revelado ni entender esa clave.