31 de mayo de 2017

El Universo del I Ching




Fu-Hsi asistió a la separación del Caos, de la que nacieron el Cielo y la Tierra, y comprendió su movimiento generativo; más tarde presenció cómo un caballo-dragón salía de un río y transcribió los gráficos que el animal llevaba sobre el lomo. Estas figuras, denominadas Tablas del Río, estaban formadas por puntos redondos, negros o blancos, agrupados en un cierto orden. Fue de estos signos de donde Fu-Hsi extrajo los Ocho Kwâ Simples, conocidos también con el nombre de Trigramas.

Probablemente, el Dragón, mítica criatura que recorre  los espacios celestes, representaba el "día", mientras que el Caballo, criatura que ha bajado a la realidad cotidiana y recorre los espacios terrestres, representa la "noche.
Las figuras de la tabla indicaban las constelaciones, y los trazos
primeros elementos del Kwâ, eran los dos momentos fundamentales del movimiento armónico del Sol y de la Luna. Por este motivo, se piensa que en sus orígenes el I Ching era un texto de observaciones astronómicas redactadas con signos fácilmente reconocibles en una época en la cual no se había inventado aún, o al menos no se había puesto del todo a punto, un sistema de escritura, es decir de símbolos gráficos fijos. No es una hipótesis del todo desacertada, si se piensa que los chinos se encuentran entre los observadores del cielo más antiguos e inteligentes; calcularon con extrema precisión el movimiento de las estrellas y determinaron otros fenómenos astronómicos de importancia antes de que lo hicieran los caldeos y los babilonios.

Por lo demás, al igual que ocurre en todas las civilizaciones agrícolas, las variaciones de las estaciones y los cambios del cielo revestían una importancia fundamental, ya que en el cultivo de los campos no se podía dejar nada librado al azar (al menos dentro de ciertos límites) Además, en China, esta necesidad era más fuerte que en otras partes, debido a las difíciles condiciones geográficas.

El suelo de la llanura septentrional y de los altiplanos occidentales está formado por loes, la tierra llevada por el desierto de Gobi y acumulada a lo largo de los siglos hasta cubrir las formaciones geológicas más antiguas con una gruesa capa de terreno polvoriento y deleznable, pero fértil. Este tipo de suelo resulta apto siempre que sobre él caigan lluvias frecuentes, porque sin agua vuelve a convertirse en polvo. En la China septentrional, las lluvias se producen sobre todo en verano; comienzan en primavera con ligeros chubascos que caen en marzo-abril, y alcanzan su máxima intensidad en julio, para cesar por completo a finales de septiembre. El invierno es tan seco y riguroso que obliga a interrumpir todo tipo de actividades, tanto agrícolas como comerciales.

Las cosechas y la vida misma del agricultor dependen especialmente de las lluvias primaverales, que son variables y que a veces faltan por completo. Si eso ocurre, el sol estival quema los brotes y se pierden las cosechas; y si son excesivas, cosa que tiene lugar especialmente durante el solsticio, se producen tremendas inundaciones que arrasran las mieses que todavía no han madurado. En ambos casos sobreviene la carestía, y en general, tanto una calamidad como la otra golpean a este país cada cuatro o cinco años.

Las condiciones climáticas han influido en las distintas formas de culto de los chinos, pero también en el rápido y excepcional desarrollo de sus estudios astronómicos y meteorológicos, así como en la divulgación, llevada a cabo desde la antigüedad, de "calendarios" tan completos que constituian verdaderos textos doctos redactados en un lenguaje simple pero no por ello menos ilustrativo.

En su primera escritura, el I Ching fue un texto en todo el sentido de la palabra, un Libro de las Mutaciones del Cielo y de la Tierra, que según la intención del legendario compilador (quienquiera que fuera), indicaba las variaciones de las estaciones con simplicidad geométrica, a fin de que resultaran claras al campesino, para quien su supervivencia dependía del cielo y de la tierra.

Wang Wên y Chou prolongaron la redacción del texto siguiendo los evolucionados conocimientos de su época, y al hacerlo, en cierto modo alteraron su mensaje primitivo. No obstante, después de un atento exámen se logra encontar ese mensaje primitivo, y su esencia precisa ayuda a la comprensión del texto, puesto que indica sus lúcidas premisas.

Según la leyenda, cuando al principio reinaba en el mundo Fu-Hsi, éste miró hacia arriba y contempló las imágenes del cielo, luego miró hacia abajo y contempló los dibujos de la tierra. Prestó atención a las señales de los pájaros y de los animales. Nacieron así los ocho Kwâ simples.

La figura de este estudioso, quizá astrónomo, naturalista y sabio, se dibuja como en ciertas "sectas" chinas sobre el fondo de un paisaje de tonalidades suaves y líneas esenciales, que dejan muchas cosas libradas a la fantasía de quien las observa.

Fu-Hsi quería comprender las mutaciones de las estaciones, leer las indicaciones del cielo, estudiar el estado del terreno y recoger las "señales" de los animales que preveen instintivamente los cambios de la naturaleza.

Después de largas y pacientes esperas, trazó finalmente un esquema del ciclo solar, quizá hicieron falta años de errores y deducciones imprecisas para establecer en líneas generales esas variantes estacionales, que en apariencia no siguen una regla fija pero que en realidad están regidas por unas leyes establecidas por una sabiduría distinta de la nuestra...



Extracto del libro I Ching, El Libro del Oráculo Chino, de Judica Cordiglia, Ediciones Martínez Roca S.A., ISBN 84-270-0909-7
(Introducción, El Universo del I Ching)



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