25 de abril de 2008

Chun / La Dificultad Inicial



en la versión de Richard Wilhelm (1) se lee:



arriba K'an, Lo Abismal, el agua
abajo Chen, Lo Suscitativo, el trueno



El nombre del signo, Chun, representa en verdad una brizna de hierba que, al brotar de la tierra, se topa con un obstáculo. De ello resulta el significado de dificultad inicial. El signo señala cómo Cielo y Tierra producen los seres individuales. Es el primer encuentro entre ambos y se ve afectado por dificultades. El trigrama de abajo, Chen, es Lo Suscitativo, lo excitativo; su movimiento se dirige hacia arriba; tiene por imagen al trueno. El trigrama de arriba, K’an, es Lo Abismal, lo peligroso; su movimiento se dirige hacia abajo; tiene por imagen la lluvia. La situación indica, pues, una densa, caótica plenitud. Trueno y lluvia ocupan el aire. Pero el caos va aclarándose. El movimiento, que va hacia arriba, mientras lo abismal desciende, encuentra finalmente una salida del peligro. La tensión de las fuerzas se descarga en tormenta y todas las cosas respiran con alivio.

EL DICTAMEN

La Dificulta Inicial obra elevado éxito.
Propicio en virtud de la perseverancia.
No debe emprenderse nada.
Es propicio designar ayudantes.

En los períodos de formación suele haber dificultades. Es como si se tratase de un parto primerizo. Tales dificultades, empero, surgen de la plenitud de aquello que se debate por lograr su forma. Todo se halla en movimiento y por eso, a pesar del peligro existente, hay perspectivas de éxito grande siempre que se persevere en procura del mismo. Cuando semejantes épocas iniciales aparecen como destino, todo se encuentra todavía informe y oscuro. Por lo tanto es preciso aguardar, pues todo intento prematuro de echar mano podría acarrear el fracaso. Es asimismo de suma importancia no permanecer solo. Hace falta disponer de ayudantes para poder dominar el caos mediante un esfuerzo mancomunado con ellos. Sin embargo, esto no quiere decir que uno mismo ha de quedarse contemplando inactivo los sucesos; más bien es necesaria la propia intervención, estando uno presente en todo y contribuyendo con su estímulo y conducción.

LA IMAGEN

Nubes y trueno: la imagen de La Dificultad Inicial.
Así el noble actúa desenmarañando y ordenando.

Las nubes y el trueno se representan mediante ciertas ornamentaciones lineales, vale decir que dentro del caos de La Dificultad Inicial ya están dados los gérmenes del orden. Así, en tales épocas iniciales, el noble debe estructurar y ordenar la inabarcable y confusa plenitud, tal como van devanándose las hebras de una madeja de seda y uniéndose en hilos. Para encontrarse en lo infinito es menester discriminar y unir.

LAS DIFERENTES LINEAS

Al comienzo un nueve significa:
Vacilación y traba.
Es propicio permanecer perseverante.
Es propicio designar ayudantes.

Si en los comienzos de una empresa tropieza uno con trabas, no debe tratar de forzar el progreso; más bien será necesario detenerse, por precaución. Sin embargo, no debe uno permitir que lo confundan: es preciso no perder de vista la meta de un modo perseverante, duradero. Tendrá importancia que uno se procure adecuados medios auxiliares o asistentes. Éstos se encuentran únicamente cuando uno se muestra ante los hombres y en el trato con ellos modesto, carente de presunción. Sólo así se obtendrá la adhesión de aquellos con cuya ayuda podrá hacerse frente a las dificultades.

Seis en el segundo puesto significa:
Se apilan dificultades. Caballo y carro se separan.
El no es un raptor,
va a cortejar en el debido plazo.
La doncella es casta, no se promete.
Diez años, luego promete.

Se halla uno trabado y en dificultades. Y entonces, de pronto, se produce un cambio: es como si arribara alguien con carruaje y caballos y desenganchara. Este suceso ocurre tan sorpresivamente que suscita la sospecha de que el hombre que se acerca ha de ser un bandido. Poco a poco uno comprueba que el otro no abriga malas intenciones, sino que viene en procura de una alianza amistosa y ofreciendo alivio. Sin embargo, ese ofrecimiento no es aceptado, puesto que no procede de donde debe proceder; parece preferible esperar hasta que se cumpla el plazo: diez años representan un período redondo, un plazo cumplido. Entonces retornan por sí mismas las condiciones normales y es dable reunirse con ese amigo que a uno le está destinado. Bajo el símbolo de una novia que en medio de graves conflictos permanece fiel a su amado, se brinda un consejo para esta peculiar situación de la vida: Cuando en épocas de dificultad, encontrándose uno trabado, impedido, recibe inesperadamente un ofrecimiento de alivio de parte de alguien con quien no mantiene relaciones, ha de proceder con cautela, tratando de no entrar en eventuales compromisos como consecuencia de tal ayuda, pues de no proceder así se vería uno disminuido en su libertad de decisión. Si uno aguarda a que llegue el momento adecuado, retornarán las circunstancias tranquilas y se alcanzará lo que se espera.*

*Otra interpretación puede resultar de la traducción siguiente, igualmente posible:
Dificultades se apilan.
Caballo y carro viran.
Si no estuviese el raptor,
el pretendiente por cierto vendría.
La doncella es fiel, no se promete.
Diez años, luego se promete.

Seis en el tercer puesto significa:
El que caza al ciervo sin guardamonte,
lo único que logra es extraviarse en el bosque.
El noble capta los signos del tiempo
y prefiere desistir.
Continuar acarrea humillación.

Si uno no dispone de un guía y pretende cazar en un bosque desconocido, se extravía. No se debe pretender escapar a hurtadillas, irreflexivamente y sin guía, de las dificultades en que uno se ve envuelto. El destino no se deja engañar. Afanarse prematuramente y con precipitación, y careciendo de la necesaria conducción, acarrea fracasos y vergüenza. Por eso el noble que reconoce los gérmenes de lo venidero, preferirá renunciar a un deseo, a atraer sobre sí el fracaso y la humillación si tratara de lograr a la fuerza el cumplimiento de ese deseo.

Seis en el cuarto puesto significa:
Caballo y carro se separan.
¡Busca la unión!
Acudir trae ventura.
Todo obra de un modo propicio.

Se encuentra uno en una situación en la cual se impone el deber de actuar y sin embargo las fuerzas no son suficientes para ello. Se presenta, empero, la oportunidad de encontrar compañía. Es cuestión, pues, de echarle mano. Es necesario no dejarse trabar por un falso orgullo. Será una señal de claridad interior si uno vence su amor propio y da el primer paso, aun cuando eso requiera cierta abnegación. Cuando alguien se ve en una situación difícil no es vergüenza aceptar ayuda, y si uno realmente encuentra al ayudante adecuado todo irá bien.

Nueve en el quinto puesto significa:
Dificultades en bendecir.
Pequeña perseverancia trae ventura.
Gran perseverancia trae desventura.

La situación en que uno se encuentra no da posibilidad alguna de evidenciar las buenas intenciones como para que realmente se manifiesten y sean comprendidas. Hay quienes se entrometen y deforman todo lo que uno hace. En un caso así es preciso ser cauteloso y proceder paso a paso. No es posible pretender imponer a la fuerza una obra grandiosa, pues tal cosa sólo se, logra cuando ya se goza de una confianza unánime. Sólo en silencio, mediante una labor fiel y escrupulosa, puede actuarse paulatinamente, en el sentido de lograr que se esclarezcan las circunstancias y se anulen las trabas.

Al tope un seis significa:
Caballo y carro se separan.
Lágrimas de sangre se derraman.

Hay personas a quienes las dificultades iniciales se les tornan graves en exceso. Ellos se atascan y ya no encuentran salida alguna. Se quedan con los brazos caídos y abandonan la lucha. Semejante resignación es de lo más triste que pueda darse. Por eso, Kung Tse anota al respecto la siguiente observación: “Se derraman lágrimas de sangre: es algo que no debe hacerse duraderamente.” *

* Cuando en la lucha de la vida, llega uno a un punto en que ya no le es posible seguir adelante, y de su pecho se escapa un suspiro, como ocurre en aquel famoso momento de la Sinfonía en Do Menor de Beethoven... un estado semejante no debe perpetuarse. Hay que volver a uncir los caballos de las ideas de firme voluntad, y llevar la lucha a su término:
“Quien nunca descansa, quien con el corazón y la sangre piensa en lograr lo imposible, ese triunfa.”

(1) I Ching - El Libro de las Mutaciones. Ed. Sudamericana 7ma. edición Buenos Aires 1985 - ISBN 950-07-0085-9

22 de abril de 2008

K'un / Lo Receptivo



en la versión de Richard Wilhelm (1) se lee:


arriba K'un, Lo Receptivo, la Tierra
abajo K'un, Lo Receptivo, la Tierra


Todas las líneas que componen el signo son trazos partidos. La línea partida corresponde al principio primario umbrío, blando, receptivo del Yin. La cualidad intrínseca del signo es la entrega ferviente, su imagen es la tierra. Es la perfecta pieza complementaria de lo Creativo, su contraparte, no lo opuesto; una complementación y no una hostilización. Es la naturaleza frente al espíritu, la tierra frente al cielo, lo espacial frente a lo temporal, lo femenino maternal frente a lo masculino paternal. Empero, el fundamento de esta contraparte, aplicado a circunstancias humanas, se encuentra no sólo en las relaciones entre el hombre y la mujer, sino también entre el príncipe y el ministro o el padre y el hijo: más aún, hasta en los individuos se halla esta dualidad en la coexistencia de lo espiritual con lo sensual.
No obstante, no puede hablarse de un verdadero dualismo, pues entre ambos signos subsiste la relación de una clara jerarquía. Desde luego, lo Receptivo en sí mismo es tan importante como lo Creativo. Pero merced a la cualidad de la entrega ferviente queda señalada la posición de esta fuerza primaria frente a lo creativo: debe quedar bajo la guía de lo creativo, recibiendo su estímulo, y así su efecto será venturoso. Únicamente cuando esta fuerza sale de su posición y pretende colocarse junto a lo creativo en igualdad de condiciones, se torna maligna. Surge en este caso el antagonismo y la lucha contra lo Creativo, de consecuencias desventuradas para ambas partes.

EL DICTAMEN

Lo receptivo obra elevado éxito,
propiciante por la perseverancia de una yegua.
Cuando el noble ha de emprender algo y quiere avanzar,
se extravía; mas si va en seguimiento encuentra conducción.
Es propicio encontrar amigos al Oeste y al Sur,
Evitar los amigos al Este y al Norte.
Una tranquila perseverancia trae ventura.

Las cuatro direcciones fundamentales de lo Creativo: «Elevado éxito propiciante por la perseverancia », se encuentran también corno calificación de lo Receptivo. Sólo que la perseverancia se define aquí con mayor precisión como perseverancia de una yegua. Lo Receptivo designa la realidad espacial frente a la posibilidad espiritual de lo creativo. Cuando lo posible se vuelve real y lo espiritual se torna espacial, se trata de un acontecimiento que se produce siempre merced a un designio individual restrictivo. Esto queda indicado por el hecho de que aquí a la expresión «perseverancia» se le añade la definición más concreta «de una yegua». El caballo le corresponde a la tierra así coma el dragón al cielo: en virtud de su infatigable movimiento a través de la planicie simboliza la vasta espacialidad de la tierra. Se elige la expresión «yegua» porque en la yegua se combinan la fuerza y velocidad del caballo con la suavidad y docilidad de la vaca.
Únicamente porque está a la altura de lo que es esencial en lo Creativo puede la naturaleza realizar aquello a lo cual lo Creativo la incita. Su riqueza consiste en el hecho de alimentar a todos los seres y su grandeza en el hecho de otorgar belleza y magnificencia a todas las cosas. Da así origen a la prosperidad de todo lo viviente. Mientras que lo Creativo engendra las cosas, éstas son paridas por lo Receptivo. (1)
Traducido a circunstancias humanas, se trata de conducirse de acuerdo con la situación dada. Uno no se encuentra en posición independiente, sino que cumple las funciones auxiliares. Entonces es cuestión de rendir algo. No de tratar de conducir pues así uno sólo se extraviaría sino de dejarse conducir: en eso consiste la tarea. Si uno sabe adoptar frente al destino una actitud de entrega, encontrará con seguridad la conducción que le corresponde. El noble se deja guiar. No avanza ciegamente, sino que deduce de las circunstancias qué es lo que se espera de él, y obedece este señalamiento del destino.
Puesto que uno debe rendir algo, le hacen falta ayudantes y amigos a la hora de la labor y del esfuerzo, una vez firmemente definidas las ideas que deben convertirse en realidad. Esa época del trabajo y del esfuerzo se expresa con la mención del Oeste y del Sur. Pues el Sur y el Oeste constituyen el símbolo del sitio donde lo Receptivo trabaja para lo Creativo, como lo hace la naturaleza en el verano y en el otoño; si en ese momento no, junta uno todas sus fuerzas, no llevará a término la labor que debe realizar. Por eso, obtener amistades significa, en este caso precisamente, encontrar el rendimiento. Pero aparte del trabajo y del esfuerzo, también existe una época de planificación y ordenamiento; ésta requiere soledad. El Este simboliza el sitio donde uno recibe los mandatos de su señor y el Norte el sitio donde se rinde cuentas sobre lo realizado. Ahí es cuestión de permanecer solo y de ser objetivo. En esa hora sagrada es necesario privarse de los compañeros a fin de que los odios v favores de las partes no enturbien la pureza.

(1) «Hay aquí una concepción parecida a la que expresa Goethe en los versos:
Contemplad pues con humilde mirada
la pieza maestra de la eterna tejedora:
como anima mil hebras una sola pisada,
las lanzaderas disparan a un lado y a otro
y las hebras fluyen encontrándose
y un solo golpe sella mil uniones;
esto no lo reunió ella mendigando,
lo ha ido maquinando desde la eternidad
a fin de que el externo gran maestro
pueda tranquilo urdir la trama. »

LA IMAGEN

El estado de la Tierra es la receptiva entrega.
Así el noble, de naturaleza amplia, sostiene al mundo externo.

Así como existe un solo Cielo, también existe una sola Tierra. Pero mientras que en el caso del cielo la duplicación del signo significa duración temporal, en el caso de la tierra equivale a la extensión espacial y a la firmeza con que ésta sostiene y mantiene todo lo que vive y actúa. Sin exclusiones, la tierra, en su ferviente entrega, sostiene el bien y el mal. Así el noble cultiva su carácter haciéndolo amplio, sólido y capaz de dar sostén de modo que pueda portar y soportar a los hombres y las cosas.

LAS DIFERENTES LINEAS

Al comienzo un seis significa:
Cuando se pisa escarcha, se aproxima el hielo firme.

Así como la energía luminosa representa la vida, la fuerza sombría representa la muerte. En el otoño, cuando se precipito la temprana escarcha, sólo comienza a desplegarse la fuerza de la oscuridad y del frío. Luego de los primeros indicios y conforme a leyes fijas, las manifestaciones de la muerte se irán multiplicando paulatinamente hasta que al fin se presente el rígido invierno con su hielo. Exactamente lo mismo sucede en la vida. Cuando aparecen ciertas señales apenas perceptibles de decadencia, la cosa continuará hasta que finalmente se produzca el ocaso. Pero en la vida pueden tomarse precauciones si se tienen en cuenta las señales de la decadencia y se las encara a tiempo.

Seis en el segundo puesto significa:
Rectilíneo, rectangular, grande.
Sin propósito, y sin embargo nada queda que no se vea fomentado.

El Cielo tiene por símbolo el círculo, la Tierra el cuadrado rectangular. Por lo tanto lo rectangular es una propiedad primaria de la tierra. En cambio, el movimiento rectilíneo es primariamente una propiedad de lo Creativo, al igual que el grandor. Todas las cosas rectangulares, empero, tienen su raíz en la línea recta y forman a su vez magnitudes cúbicas. Cuando en las matemáticas se discriminan líneas, planos v cuerpos, de las líneas rectas resultan superficies rectangulares v de las superficies rectangulares magnitudes cúbicas. Lo Receptivo se orienta conforme a las cualidades de lo Creativo y las hace suyas. Así una recta se convierte en un cuadrado y un cuadrado en un cubo. Es ésta la simple entrega a las leyes de lo creativo, sin agregarles ni quitarles nada. De ahí que lo Receptivo no requiera ningún propósito ni esfuerzo en particular, y todo se endereza. La naturaleza engendra a los seres sin falsedad, he ahí su derechura: es tranquila y silenciosa, he ahí su rectangularidad: no se niega a tolerar a ninguno de los seres, he ahí su grandeza.
Por eso, sin maquinación externa ni propósitos particulares ella alcanza lo justo para todos. Para el hombre es señal de suprema sabiduría lograr que sus actos sean tan obvios como los de la naturaleza.

Seis en el tercer puesto significa:
Líneas ocultas; se es capaz de permanecer perseverante.
Si acaso sigues al servicio de un rey,
¡no busques obras, sino llévalas a cabo!

Si uno está libre de vanidad, podrá ocultar sus excelencias de modo que no atraigan antes de tiempo la atención pública. Así podrá madurar en silencio. Cuando las circunstancias lo requieran también podrá destacarse en la vida pública. Él no busca hechos consumados que se le acrediten como méritos; antes bien espera establecer causas activas, vale decir que da cumplimiento a sus obras de tal modo que resulten fructíferas para lo porvenir.

Seis en el cuarto puesto significa:
Bolsa atada. Ninguna tacha; ningún elogio.

Lo sombrío se abre al moverse y se cierra cuando reposa. Aquí se señala la más rigurosa reserva. La época es peligrosa: toda ostentación conduciría o bien a la hostilidad de adversarios sumamente poderosos si uno se propusiera luchar contra ellos, o bien a un reconocimiento mal entendido si uno se mostrara negligente. Así pues, es cuestión de enclaustrarse, ya sea en la soledad, ya sea en el torbellino mundanal; porque también allí puede uno ocultarse perfectamente de modo que nadie lo reconozca.

Seis en el quinto puesto significa:
Ropa interior amarilla trae elevada ventura.

El amarillo es el color de la tierra y del centro, el símbolo de lo confiable y de lo auténtico. La ropa interior tiene adornos que no llaman la atención: un símbolo de distinguida reserva. Cuando alguien está llamado a actuar en una posición destacada más no independiente, el éxito verdadero dependerá de una máxima discreción. La autenticidad y finura no deben destacarse directamente, si no manifestarse tan sólo mediatamente como efecto que surge desde adentro.

Al tope un seis significa:
Dragones luchan en la pradera.
Su sangre es negra y amarilla.

En el puesto más alto lo sombrío debería retroceder ante lo luminoso. Si pretende afirmarse en este puesto, que no le cuadra, y en vez de servir pretende dominar, atrae sobre sí la ira de lo fuerte. Se produce la lucha en la cual cae derribado, pero en esa lucha se perjudican sin embargo ambas partes.
El dragón, símbolo del cielo, acude y combate al falso dragón cuya imagen ha adoptado lo terreno en esta subida. El negro azulado es el color del cielo, el amarillo es el color de la tierra. Cuando se derrama, pues, sangre negra y amarilla, es señal de que debido a esta lucha, que no es natural, ambas fuerzas fundamentales sufren daño. (2)

(2) Mientras que la línea superior de lo Creativo muestra la soberbia de los titanes y forma un paralelo con el mito griego de ICARO, se ve en la línea superior de lo Receptivo un paralelo con el mito de LUCIFER, quien se rebela contra la suprema divinidad; o bien un paralelo con la lucha de los poderes de las tinieblas contra los dioses del Walhalla que concluye con el ocaso de los dioses.

Cuando aparecen puros seis, significa:
Es propicia una constante perseverancia.

Cuando se presentan sólo seis, el signo de lo Receptivo se transforma en el signo de lo Creativo. Adquiere así la fuerza de la duración en el mantenimiento de lo recto. Si bien no hay, ningún progreso en ello, tampoco hay, retroceso alguno.


(1) I Ching - El Libro de las Mutaciones. Ed. Sudamericana 7ma. edición Buenos Aires 1985 - ISBN 950-07-0085-9

21 de abril de 2008

Ch'ien / Lo Creativo




en la versión de Richard Wilhelm (1) se lee:


arriba Ch'ien, Lo Creativo, el Cielo
abajo Ch'ien, Lo Creativo, el Cielo



El signo se compone de seis trazos no partidos. Los trazos no partidos corresponden a la protoenergia o energía primaria, luminosa, fuerte, espiritual, activa. El signo es total y uniformemente fuerte en su naturaleza. Puesto que no lo afecta ninguna debilidad, es, en si mismo, de acuerdo con su cualidad intrínseca, la fuerza, la energía. Su imagen es el cielo. La fuerza, la energía, se representa como entidad no condicionada por determinadas circunstancias espaciales. Se la concibe por lo tanto como movimiento. Debe considerarse como fundamento de este movimiento el tiempo. Así, pues, el signo involucra también el poder del tiempo y el poder de la perseveración en el tiempo, de la duración.
En la exégesis del signo ha de tenerse en cuenta, constantemente, una doble interpretación. La macrocósmica y la que corresponde a la acción en el mundo humano. Con respecto al acontecer universal, se expresa en el signo la fuerte acción creativa de la divinidad. Aplicando el signo al mundo humano; denota la acción creadora del santo y del sabio, el gobernante y conductor de hombres, que merced a su fuerza despierta y desarrolla en estos últimos se esencia mas elevada.

EL DICTAMEN

Lo Creativo obra elevado logro,
propiciando por la perseverancia.

De acuerdo con su sentido primitivo, los atributos aparecen agrupados por pares. Para el que obtiene este oráculo, ello significa que el logro será otorgado desde las profundidades primordiales del acontecer universal, y que todo dependerá de que solo mediante la perseverancia en lo recto busque su propia dicha y la de los demás.
Ya antiguamente fueron objeto de meditación estas cuatro cualidades intrínsecas en razón de sus significados específicas. La palabra china que se reproduce por el “elevado”, significa “cabeza, origen, grande”. Por eso en la explicación de Kung Tse se lee: “Grande en verdad es la fuerza original de lo Creativo, todos los seres le deben su comienzo. Y todo el cielo esta compenetrado de esta fuerza.” Esta primera cualidad traspasa, por otra parte, a las otras tres.
El comienzo de todas las cosas reside todavía, por así decirlo, en el mas allá, en forma de ideas que aun deben llegar a realizarse. Pero en lo creativo reside también la fuerza destinada a dar forma a estas imágenes primarias de las ideas. Es lo que queda señalado con la palabra “logro”, “éxito”. Este proceso se ve representado por medio de una imagen de la naturaleza.
“Pasan las nubes y actúa la lluvia y todos los seres individuales penetran como una corriente en las formas que les son propias.”
Transferidas al terreno humano, estas cualidades muestran al grande hombre en camino hacia el gran éxito: “Al contemplar con plena claridad las causas y los efectos, el consuma en tiempo justo las seis etapas y asciende en tiempo justo por estos seis peldaños como sobre seis dragones, elevándose al cielo.” Los seis peldaños son las seis posiciones individuales del signo, que mas adelante se representan bajo la imagen del dragón. Como camino hacia el logro aparece aquí el reconocimiento y la realización del sentido del universo que, en cuanto ley perenne, y a través de fines y comienzos, origina todos los fenómenos condicionados por el tiempo.
De este modo toda etapa alcanzada se convierte a la vez en preparatoria para la siguiente, y así el tiempo ya no constituye un obstáculo, sino el medio para la realización de lo posible. Luego de haberse expresado el acto de la creación a través de las dos cualidades “elevado” y “logro”, se nos señala la obra de conversación, como un desenvolvimiento que se va elaborando en continua realización, como ligado a las dos expresiones “propiciando”, esto es literalmente “creando lo que corresponde a la esencia”, y “perseverante”, que equivale literalmente a “recto y firme”. “El curso de lo creativo modifica y forma a los seres hasta que cada uno alcanza la correcta naturaleza que le esta destinada, y luego los mantiene en concordancia con el gran equilibrio.
Así es como se muestra propiciante por medio de la perseverancia.” Trasladando lo dicho al terreno humano, podemos comprender como el gran hombre, mediante su actividad ordenadora, trae al mundo paz y seguridad: “Al elevar la cabeza sobre la multitud se seres, todas las comarcas juntas entran en calma.” Otra explicación va mas lejos aun con la separación de las voces “elevado, logro, estimulante, perseverante” y las parangona con las cuatro virtudes cardinales humanas: a la “elevación” que, como principio fundamental, se le coordina el amor; a la cualidad “logro” se le coordinan las costumbres morales que ordenan las expresiones del amor, las organizan y las llevan así al éxito; a la cualidad” estimulante”, “propicio”, se le adjudica la justicia, creadora de circunstancias en las que cada cual obtiene aquello que corresponde a su naturaleza, aquello que le pertenece y hace su dicha; a la cualidad “perseverancia” se le coordina la sabiduría, que reconoce las leyes firmes vigentes en todo lo que acontece, y es por ello capaz de crear estados duraderos. Estas especulaciones sugeridas ya en el tratado Wen Yen que figura en la segunda parte del Libro de las Mutaciones, formaron mas tarde el puente sobre el cual la filosofía de las cinco etapas de mutación (elementos) – que arraiga en el Libro de los Documentos o Crónicas- se combino con la filosofía del Libro de las Mutaciones, que descansa puramente en la dualidad polar de principios positivos y negativos, hecho que luego, con el transcurso del tiempo, abriría las puertas a una simbología numerología cada vez mas amplia.

LA IMAGEN

Pleno de fuerza es el movimiento del Cielo.
Así el noble se hace fuerte e infatigable.

La duplicación del signo Ch´ien, cuya imagen es el cielo, indica, puesto que existe un solo cielo, el movimiento del cielo. Un movimiento circular completo del cielo es un día. La duplicación del signo implica que a cada día sigue otro día, lo cual engendra la representación del tiempo y, simultáneamente, infatigable, la representación de la duración, plena de fuerza, en el tiempo y más allá del tiempo, de un movimiento que jamás se detiene ni se paraliza, así como los días se siguen unos a otros a perpetuidad. Esta duración en el tiempo da la imagen de la fuerza tal como le es propicia a lo Creativos. El sabio extrae de ello el modelo según el cual deberá evolucionar hacia una acción duradera. Ha de hacerse íntegramente fuerte, eliminando a conciencia todo o degradante, todo lo vulgar. Así adquiere la infatigabilidad que se basa en ciclos completos de actividad.

LAS DIFERENTES LINEAS

Al comienzo un nueve significa:                                                                             
Dragón cubierto. No actúes.

El dragón tiene en China un significado muy distinto del que le corresponde en la concepción occidental. El dragón es el símbolo de la energía móvil-eléctrica, fuerte e incitante, que se manifiesta en la tormenta. En el invierno esta energía se retira al interior de la tierra; con los comienzos del verano reinicia su acción y aparece en el cielo como rayo y trueno. En consecuencia, también sobre la tierra se movilizan entonces de nuevo las fuerzas creadoras.
Aquí esta fuerza creadora aparece cubierta todavía; estando bajo la superficie de la tierra, todavía no actúa. Trasferido a circunstancias humanas, esto significa que un hombre importante aun no obtiene reconocimiento. No obstante, permanece fiel a si mismo. No permite que influyan sobre los éxitos y fracasos exteriores.
Antes bien, fuerte y despreocupado, espera que llegue su hora. Por lo tanto, alguien a quien le toca en suerte este trazo ha de aguardar con la tranquila y fuerte paciencia. Sin duda su tiempo se cumplirá y llegara su día. No debe temerse que una fuerte voluntad pueda no llegar a imponerse. Pero es necesario no gastar la energía antes de tiempo en un intento de forzar la obtención de algo cuya hora todavía no ha llegado.

Nueve en el segundo puesto significa:
Dragón que aparece sobre el campo.
Es propicio ver al gran hombre.

Aquí comienzan a mostrarse los efectos lo de la fuerza luminosa. Aplicado a circunstancias humanas, esto significa que el gran hombre aparece en el campo de su actividad; todavía no ocupa ninguna posición gobernante, todavía se halla entre sus iguales, pero lo que lo distingue ante los demás es su seriedad, su absoluta responsabilidad y el influjo que sin esfuerzo conciente alguno ejerce sobre quienes lo rodean. Un hombre tal esta predestinado a llegar a tener gran influencia y a conducir el mundo hacia el orden. Pero eso es propicio verlo.

Nueve en el tercer puesto significa:
El noble es creativamente activo todo el día.
Aún por la noche lo embarga la preocupación interior.
Peligro. Ninguna tacha.

Al hombre importante se le abre el círculo de acción. Comienza a difundirse su fama. Las multitudes se vuelcan a el. Su fuerza interior se halla a la altura de la incrementada actividad exterior. Hay muchísimo que hacer y aun hacia la noche, cuando ya otros descansan, se acumulan los planes y las preocupaciones. En este momento del transito desde lo bajo hacia las alturas aparece el peligro. Ya mas de un hombre grande encontró su perdición en el hecho de que las masas se volcaran a el y lo arrastraran hacia sus propias vicisitudes. En tales casos la ambición corrompe la pureza interior. Pero las tentaciones no hacen mella a una verdadera grandeza. Si uno permanece alerta, en apatía con los gérmenes del tiempo nuevo y sensible frente a sus requerimientos, tendrá la suficiente cautela como para cuidarse de desviaciones y así quedara sin tacha, sin defecto.

Nueve en el cuarto puesto significa:
Vacilante elevación sobre el precipicio. Ninguna tacha.

Aquí se ha alcanzado ese punto de la transición sonde puede entrar en acción la libertad. Una doble posibilidad se abre ante el hombre importante: o bien elevarse de un salto y tener decisiva significación en la vida en gran escala, o bien retirarse y cultivar su personalidad en silencio: el camino del héroe o el camino justo. Todo el que se encuentre en semejante situación ha de decidirlo libremente de acuerdo con las leyes mas intimas de su naturaleza. Si obra con entera veracidad y consecuencia, encontrara el camino que le corresponde y este será para el la vía justa e intachable.

Nueve en el quinto puesto significa:
Dragón que vuela en el cielo.
Es propicio ver al gran hombre.

Aquí el gran hombre ha arribado a la esfera de los seres celestiales. Su influjo se extiende, visible a lo lejos, sobre el mundo entero.
Todo el que lo contemple puede considerarse bienaventurado. Kung Tse dice al respecto: “Aquello que armoniza en el tono, vibra de consuno. Aquello que corresponde en el fuero mas intimo a afinidades electivas, se busca recíprocamente. El agua fluye hacia lo húmedo, el fuego se dirige hacia lo seco. Las nubes (aliento del cielo) siguen al dragón; el viento (aliento de la tierra) sigue al tigre. Así, pues, se levanta el sabio y todos los seres dirigen hacia el la mirada. Lo que es oriundo del cielo se siente afín con lo que se halla en las alturas. Lo que es oriundo de al tierra se siente afín con lo que esta abajo. Cada cosa sigue a su especie.”

Al tope un nueve significa:
Dragón soberbio tendrá que arrepentirse.

Cuando alguien pretende ascender tan alto que pierde el contacto directo con el resto de los hombres, se torna solitario y esto, necesariamente, conduce al fracaso. Hay aquí una advertencia contra la ambición titánica que supera las propias fuerzas. Una brusca caída al abismo seria la consecuencia.

Si se presentan solamente nueves, esto significa:
Aparece un conjunto de dragones sin cabeza. ¡Ventura!

Cuando todas las líneas son nueves, el signo entero entra en movimiento y se transforma en el signo K´un, Lo Receptivo, cuyo carácter es la ferviente entrega. Se unen la fortaleza de lo Creativo y la dulzura de lo Receptivo. Lo fuerte esta señalado por la grey de dragones, lo suave por la circunstancia de que sus cabezas estén ocultas.
Esto significa: suavidad en el modo de actuar, unida a la fuerza de la resolución, trae ventura.


(1) I Ching - El Libro de las Mutaciones. Ed. Sudamericana 7ma. edición Buenos Aires 1985 - ISBN 950-07-0085-9

12 de abril de 2008

Sobre el Tiempo Calendario en el I Ching

Después de mucho trajinar con todo el material disponible, intento escribir una pequeña especulación, aún inconclusa, sobre lo que para mi, y hasta el momento, es la manera de relacionar un hexagrama obtenido en una consulta que contemple la variable temporal y el Calendario, de manera de poder determinar con precisión a que "tiempo" se refiere la respuesta obtenida.
Como muestra de los resultados de mi investigación, "cuelgo" aquí unos gráficos con los diferentes elementos analizados y un esquema final que intenta sintetizar los resultados obtenidos.


Este primer esquema representa el Orden atribuido al Rey Wen de Chou, a quien también se le atribuyen los juicios o Dictámenes de los hexagramas. En este esquema los trigramas se distribuyen asignándolos a los puntos cardinales y a las estaciones, así como a las horas del día.



Este segundo esquema superpone al Diagrama del Cielo Posterior la distribución de las 12 Ramas Terrestres del Calendario Tradicional chino, que se utilizaban para contar los años, los meses, las doce horas dobles e incluso los días. La Rama I representa el primer año y la primer hora doble del día, donde la medianoche es el punto medio.
Históricamente la Rama I no corresponde al primer mes del año sino que cincide con el mes que incluye el Solsticio de Invierno. (Las fechas en el diagrama son aproximadas)



El Diagrama Calendario donde se representa el Ordenamiento del Cielo Posterior de los trigramas, las horas del día, los meses y las fechas aproximadas (indican el punto medio de cada sector), las Ramas Terrestres, las estaciones y los puntos cardinales.

Dice el Shuo Kua o Discución de los Trigramas (Versión de Richard Wilhelm) (1)

“CAPITULO II

Dios se manifiesta al surgir en el signo de Lo Suscitativo; hace que todo sea pleno en el signo de lo Suave; deja que las criaturas se perciban mutuamente con la mirada en el signo de Lo Adherente (de la luz); hace que mutuamente se sirvan en el signo de Lo Receptivo; da alegría en el signo de Lo Sereno; lucha en el signo de Lo Creativo; se afana en el signo de Lo Abismal; los lleva a la consumación en el signo del Aquietamiento.”
El comentario de Wilhelm:

“…Los signos quedan aquí desprendidos de su ordenamiento antinómico por pares, y se muestran en la secuencia temporal de su manifestación e ingreso en los fenómenos del curso cíclico del año…

…Se combinan los puntos cardinales con las estaciones del año…

“Todos los seres surgen y se manifiestan en el signo de lo Suscitativo. Lo Suscitativo se ubica en el Este. Llegan a su plenitud en el signo de lo Suave. Lo suave se ubica en el Sudeste. Plenitud significa que todos los seres devienen puros y plenos.

Lo Adherente es la claridad en medio de la cual todos los seres se perciben mutuamente con la mirada. Es el signo del Sur. El hecho de que los santos sabios orientaran su rostro hacia el Sur cuando auscultaban el Sentido del reino del mundo, significa que ellos se volvían hacia lo claro para su actuación. Evidentemente se guiaron por este signo.

Lo Receptivo significa la Tierra. Ella cuida de que todos los seres sean alimentados. Por eso está dicho: “El hace que se sirvan mutuamente en el signo de Lo Receptivo.”

Lo Sereno es el pleno otoño que alegra a todos los seres. Por eso está dicho: “El los alegra en el signo de Lo Sereno.”

“El combate en el signo de Lo Creativo.” Lo Creativo es el signo del Noreste. Significa que aquí lo Oscuro y lo Luminoso se excitan mutuamente. Lo Abismal significa el agua. Es el signo del Norte exacto, el signo de los afanes, hacia el que todos los seres se sienten atraídos. Por eso está dicho: “El se afana en el signo de Lo Abismal.”

El Aquietamiento es el signo del Noroeste, donde se consuma el comienzo y el fin de todos los seres. Por eso está dicho: “El los consuma en el signo del Aquietamiento.”
Wilhelm amplía:

“Aquí se ponen en consonancia el curso del año y el curso del día...

...Los signos se adjudican a las estaciones del año y a los puntos cardinales, sin esquematismos…

…Comienza a agitarse la primavera y con ello entran en la naturaleza la germinación y el retoñar. Esto corresponde al amanecer del día. Ese despertar se atribuye al signo de lo Suscitativo, Chen, que como trueno y fuerza eléctrica mana de la tierra. Luego llega la brisa suave del aire que renueva el mundo vegetal y viste de verdor a la tierra. Esto corresponde al signo de lo Suave, lo Penetrante, Sun. Sun tiene por imagen tanto el viento que disuelve el rígido hielo invernal, como también a la madera que se desarrolla orgánicamente. El efecto de este signo es que las cosas vayan fluyendo, por decirlo así, hacia el interior de sus formas, se desarrollen y crezcan hasta formar lo que en el germen estaba prefigurado como su forma. Llega entonces la culminación del año, el centro del verano, el estío, y llega también respectivamente, en el curso del día, el mediodía. Aquí se halla el signo Li, lo Adherente, la luz. Aquí los seres se advierten mutuamente con la mirada. Lo orgánico vegetativo se va transformando en lo anímicamente consciente…

…Seguidamente llega la maduración, la sazón de los frutos del campo, conferida por K’un, la Tierra, lo Receptivo. Es la época de la labor de la cosecha, del recíproco servicio. Sigue luego el centro del otoño bajo el signo de lo Sereno, Tui, el cual en su calidad de otoño conduce el año a su maduración y alegría, tal como también actúa el anochecer con respecto al día. Llega entonces el tiempo severo que exige una demostración de lo que se ha rendido y realizado. Se percibe el juicio en la atmósfera. Desde la Tierra los pensamientos retornan al Cielo, a lo Creativo, Ch’ien. Se libra una lucha. Precisamente cuando se hace cargo del gobierno lo Creativo, en los efectos externos es la oscura fuerza de Yin la que cobra máxima potencia. Por eso en este punto se excitan mutuamente lo Oscuro y lo Luminoso…

…Sigue entonces el invierno con el signo de lo Abismal, K’an. K’an, situado en el Norte – el sitio de lo Receptivo en el ordenamiento premundano –, tiene por símbolo la quebrada de un valle. Llega el esfuerzo de la recolección en los graneros. Así como el agua no elude ningún esfuerzo, sino que siempre se dirige hacia el lugar más hondo, por lo cual todo confluye hacia su corriente, así el invierno en el curso del año, y la medianoche en el curso del día, son tiempo de concentración, de recogimiento. Misteriosamente significativo es el signo el Aquietamiento, Ken, que tiene por símbolo la montaña. Aquí, en el profundo ocultamiento de la quietud en lo interior del grano de semilla, se anuda el fin de todas las cosas con un nuevo comienzo. Muerte y vida, perecer y resucitar, son las ideas que sugiere el tránsito del año viejo al año nuevo.

De este modo queda cerrado el ciclo. Tal como en la naturaleza el día o el año, así cada vida, cada ciclo vivencial constituye un nexo mediante el cual lo viejo se anuda con lo nuevo…”

(1) I Ching El Libro de las Mutaciones - Ed. Sudamericana 7º edición 1985 - ISBN 950-07-0085-9

Tegularius

Para una versión del I King (1)




El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura indescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hierro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges

(1) Poema publicado en I Ching El Libro de las Mutaciones - Ed. Sudamericana 7º edición 1985 - ISBN 950-07-0085-9


El Hermano Mayor




Knecht comenzó el estudio de la lengua china y de los clásicos en el famoso Instituto para el Asia Oriental, que desde muchas generaciones estaba incorporado a la colonia estudiosa de los filólogos de la antigüedad, en San Urbano. Allí mismo hizo rápidos progresos en la lectura y en la escritura, trabó relación amistosa con algunos chinos que trabajaban allí y aprendió de memoria una cantidad de canciones de Chi King, cuando en el segundo año de su permanencia comenzó a interesarse con creciente intensidad, por el I Ging, el libro de las trasmigraciones o las metamorfosis. Los chinos le brindaron toda clase de informaciones, dada su insistencia, pero ni la menor introducción o iniciación; el Instituto carecía de maestro para ello, y cada vez que Knecht presentaba el pedido de que se le proveyera de profesor para ocuparse fundamentalmente con el I Ging, se le habló del Hermano Mayor y de su ermita. Josef había observado perfectamente que con su interés por el libro de las trasmigraciones tendía a un terreno del cual muy poco se quería saber en el Instituto; se tornó más prudente en sus averiguaciones y como se esforzara todavía para obtener informaciones acerca del legendario Hermano Mayor, no dejó de comprender en seguida que este ermitaño gozaba, sí, de cierto respeto y aun de cierta fama, pero más como foráneo extravagante que como sabio. Sintió que en este caso debía ayudarse por sí solo, terminó lo más rápidamente posible un trabajo de seminario ya comenzado y se despidió. Se encaminó a pie hacia la región en que ese ser misterioso levantara un día su cabaña de bambú; tal vez fuera un sabio, un maestro, tal vez un loco. . .
Acerca de él pudo saber lo que sigue: Un cuarto de siglo antes, aproximadamente, el hombre fue el estudiante de más porvenir de la sección china, parecía nacido para esos estudios y tener vocación; superó así a los mejores maestros, ya fueran chinos de nacimiento o bien occidentales, en la técnica de la escritura con pincel y en el descifrar antiguos escritos, pero llamó un poco la atención por el entusiasmo con que trataba de convertirse también exteriormente en chino. Así se dirigió tercamente a todos los superiores, desde el director de un seminario hasta los grandes maestros, no ya con sus títulos y el tratamiento prescrito, como lo hacían todos los estudiantes, sino con la alocución: “Mi hermano mayor”, denominación que al final le quedó pegada como apodo burlón, para el resto de su vida. Especial cuidado dedicaba el hombre al juego profético, a los oráculos del I Ging, cuyo manejo dominaba magistralmente con el auxilio del tradicional tallo de la milenrama. Juntamente con los antiguos comentarios al libro de los oráculos, su libro preferido era el de Chuang Dchi. Evidentemente, el espíritu racionalista y tendencialmente antimístico estrictamente fiel a Confucio, en la sección china del Instituto, como lo conociera Knecht, debió hacerse sentir ya en esos años, porque el Hermano Mayor abandonó un día la casa y comenzó a vagabundear, armado de pincel, platillo para la tinta y dos o tres libros. Llegó hasta el sur del país, fue huésped aquí y allá de Hermanos de la Orden, buscó y halló el sitio adecuado para su planeada ermita, logró con obstinados pedidos y solicitudes verbales tanto de las autoridades civiles como de la Orden el derecho de cultivar el sitio como colonizador, y desde entonces vivió allí en un idilio organizado estrictamente a la manera china, ora ridiculizado como lunático, ora venerado como una especie de santo, en paz consigo mismo y con el mundo, pasando sus días en la meditación y copiando viejos rollos, en cuanto no tenía que dedicarse al trabajo en su ermita que protegía contra el viento del norte al pequeño jardín chino cuidadosamente plantado.

Hacia allá, pues, marchó Josef Knecht, con frecuentes descansos y seducido por el paisaje, que aparecía ante sus ojos azul y lleno de aromas desde el sur, apenas superados los pasos montañeses, con asoleadas terrazas de vides, muros grises habitados por lagartijas, imponentes bosques de castaños, sabrosa mezcla de país meridional y alta montaña. Fue avanzada la tarde cuando llegó a la ermita del soto de bambúes; entró y vio con sorpresa un pabellón chino en un jardín maravilloso; una fuente cantaba a través de caños de madera, el agua que corría por un lecho de guijarros llenaba allí cerca un cuenco de mampostería, en cuyas resquebrajaduras crecía el verde y en cuya agua tranquila y clara nadaban dos carpas doradas. Las hojas de bambú ondeaban suaves y delicadas sobre las esbeltas y fuertes cañas, el césped estaba sembrado de lajas en que se podían leer inscripciones en estilo clásico. Un hombre delgado, vestido de tela de color gris amarillento, con lentes sobre los ojos azules expectantes, se levantó de un cantero de flores, sobre el cual había estado acurrucado, vino lentamente hacia el visitante, no hostilmente, pero con ese torpe temor que muestran a veces los reservados y solitarios, dirigió la mirada inquisitiva hacia Knecht y esperó lo que éste podía decir. Josef pronunció con cierta timidez las palabras chinas que había pensado para su salutación.

—El joven discípulo se permite presentar su homenaje al Hermano Mayor.

—Bienvenido el huésped bien educado —contestó el Hermano Mayor—; siempre es bienvenido para mí un joven colega para que tome conmigo una taza de té y converse alegremente conmigo, y también puede encontrar un lugar para pasar la noche, si lo desea.

Knecht hizo el kotao y agradeció; fue conducido al interior de la casita y convidado con té; luego le fue enseñado el jardín, las piedras con las inscripciones, el estanque, los peces dorados de los que se le dijo la edad. Hasta la hora de la cena permanecieron sentados debajo de los bambúes ondeantes, intercambiaron cortesías, versos de canciones y sentencias de los clásicos, contemplaron las flores y gozaron del crepúsculo rosado que se marchitaba en las curvas de las montañas. Entonces regresaron a la casa, el Hermano Mayor trajo pan y fruta, frió en el minúsculo hogar sendas tortillas sabrosas para él y para el huésped, y después de comer, el Hermano interrogó en alemán al estudiante acerca del motivo de su visita, y éste narró en alemán cómo había llegado hasta allí y lo que le interesaba, es decir poder quedarse allí todo el tiempo que el Hermano Mayor lo permitiera, para ser su discípulo.

—De esto hablaremos mañana —dijo el ermitaño y ofreció al huésped una yacija. Por la mañana, Knecht se sentó al lado del cuenco de agua de los peces dorados, fijó sus ojos en el pequeño y fresco mundo de sombra y luz, y de colores mágicamente reflejados, hasta abajo donde se movían los cuerpos de los dorados en el azul verdoso oscuro y la sombra de tinta, y de vez en vez, precisamente cuando todo el mundo parecía hechizado y dormido para siempre y perdido en la lejanía del ensueño, despedían a través de la adormecida tiniebla relámpagos de cristal y oro con un movimiento suavemente elástico y, sin embargo, alarmante. Miró abajo, cada vez más hondo, soñando más que contemplando, y no se percató de que el Hermano Mayor salió de la casa con pasos leves, se detuvo y se quedó observando largo rato a su huésped tan ensimismado o absorto. Cuando, finalmente, Knecht se levantó, percibiendo su ausencia, aquél ya no estaba allí, pero casi en seguida su voz lo invitó a tomar el té, desde el interior de su casucha. Cambiaron un breve saludo, bebieron el té, se sentaron y escucharon en la paz de la mañana la música del hilillo de agua de la fuente, melodía de la eternidad. Luego el ermitaño se levantó, se entretuvo en algunos quehaceres aquí y allá en la habitación de construcción irregular, echó de paso una guiñada a Knecht y preguntó de pronto:

—¿Estás preparado para calzar otra vez tus zapatos y seguir viaje?

Knecht titubeó, luego contestó:

—Si así debe ser, lo estoy.

—Y si te ocurriera quedarte aquí por breve tiempo, ¿estarías dispuesto a prestar obediencia y a quedarte quieto como un pez dorado?

El estudioso contestó una vez más que sí.

—Está bien —dijo el Hermano Mayor—. Colocaré las varitas e interrogaré el oráculo.

Mientras Knecht, sentado, observaba con tanto respeto como curiosidad, manteniéndose quieto “como un pez dorado”, aquél sacó de un cubo de madera, suerte de carcaj más bien, un manojo de varitas; eran tallos de milenrama; los contó con atención, volvió a poner en el recipiente una parte del hatajo, dejó un tallo aparte, dividió loa restantes en dos montoncitos iguales, conservó uno en la mano izquierda, con la derecha tomó del otro, con afilados dedos sensitivos, pequeñísimos haces, los contó y apartó, hasta que quedaron pocos tallos, que apretó entre dos dedos de su izquierda. Después de reducir a pocos tallos un manojo en esta forma, contándolos ritualmente, procedió de idéntica manera con el otro. Dejó los tallos contados, repasó uno y otro de los hacecillos, contó y apretó los reducidos restos entre los dedos, que lo realizaron todo con tranquila y parca agilidad: parecía aquello un juego de destreza, misterioso, regido por severas normas, practicado mil veces y llevado a plenitud de virtuoso. Después de haber realizado varias veces esta operación, quedaron tres diminutos hacecillos; dedujo un signo del número de sus tallos y lo anotó con su fino pincel en una hojita. Y volvió a comenzar todo el complicado proceso; las varitas fueron divididas en dos manojos iguales; el anciano apartó los tallos, metió algunos entre los dedos, hasta que al final quedaron nuevamente tres pequeños rimeros, cuyo resultado fue un segundo signo. Movidos como en una danza, los tallos se golpearon con un ruidito seco muy leve, cambiaron de lugar, formaron hacecillos, fueron separados y contados otra vez, se desplazaron rítmicamente con fantasmal seguridad. Al final de cada ejercicio, el pincel anotó un signo, para concluir con seis líneas de notaciones positivas y negativas, superpuestas. Los tallos fueron recogidos y colocados cuidadosamente otra vez en su recipiente; el mago se acurrucó en el suelo sobre una estera de junto: delante de él tenía el resultado de la consulta formulada al oráculo, resumido en una hoja, que contempló largo rato en silencio.


—Es el signo de Mong —dijo—. Este signo tiene nombre: locura juvenil. Arriba el monte, abajo el agua, arriba Gen, abajo Kan. Al pie del monte brota la fuente, símbolo de juventud. Mas la sentencia dice:


La locura juvenil logra triunfar.

No busco al joven alocado,

es él quien me busca a mí.

Contesto al primer oráculo.

Molesta si pregunta de nuevo.

Si molesta, nada contesto.

La insistencia desafía...


En tensa atención, Knecht estuvo conteniendo el aliento. Cuando se hizo el silencio, respiró profundamente, sin querer. No se atrevía a preguntar. Pero creyó haber comprendido: el joven alocado había sido aceptado, podía quedarse. Mientras estaba todavía aprisionado y hechizado por el sublime juego de títeres de los dedos y las varitas, al que había asistido todo ese tiempo y que parecía tan convincentemente significativo, aunque no se pudiera adivinar su sentido, el sucedido se apoderó de él. El oráculo había hablado, había decidido a su favor.

No hubiéramos descrito con tantos pormenores el episodio, si el mismo Knecht no lo hubiese contado a menudo con cierta satisfacción a amigos y discípulos. Reanudemos ahora nuestra narración objetiva. Knecht permaneció largos meses en el soto de bambúes y aprendió a manipular los tallos de milenrama casi con la misma perfección que su maestro. Éste lo ejercitó todos los días durante una hora en la cuenta de los tallos, lo inició en la gramática y en la simbolística del idioma del oráculo, le enseñó para que supiera escribir y conocer de memoria los sesenta y cuatro signos, le leyó páginas de los antiguos comentarios y le contó sucesivamente, en días especialmente favorables, historias de Chuang Dchi. Además el discípulo aprendió a cuidar el jardín, a lavar los pinceles, a raspar la tinta china en barras; también a preparar sopa y té, a recoger leña, a tener cuenta del tiempo y manejar el calendario chino. Pero las tentativas espaciadas de Knecht para interesar al Hermano Mayor en sus parcas conversaciones por el juego de abalorios y la música, fueron completamente vanas, parecían dirigidas a un sordo o fueron rechazadas con una sonrisa indulgente o contestadas con máximas, como “Nubes densas, nada de lluvia” o “El noble no tiene mancha”. Mas cuando Knecht se hizo enviar desde Monteport un pequeño clavicordio y todos los días estuvo tocando una hora, no hubo oposición alguna. Una vez confesó a su maestro que quería lograr ser capaz de adaptar el sistema del I Ging al juego de abalorios. El Hermano Mayor se rió:

—¡Manos a la obra! —exclamó—. Es posible colocar en el mundo un hermoso bosquecillo de bambúes. Pero me parece muy problemático que un jardinero pueda poner el mundo en su soto.

Mas, basta de esto. Citaremos solamente que el Hermano Mayor, algunos años más tarde, cuando Knecht era en Waldzell una personalidad muy estimada, fue invitado por éste a aceptar un curso, pero el curioso sabio ni contestó siquiera.

"El Juego de Abalorios" - Hermann Hesse


En Memoria de Richard Wilhelm (1)


DAMAS Y CABALLEROS:

No es tarea fácil hablar de Richard Wilhelm y de su obra, pues nuestros caminos, partiendo de la lejanía, se han cruzado a la manera de los cometas. Ustedes probablemente conocieron a Wilhelm antes de que yo trabara relación con él, y la obra de su vida tiene una extensión que no he sondeado. Tampoco he visto nunca esa China que lo formó primero y luego duraderamente lo colmara, ni me es corriente su lengua, la manifestación espiritual viviente del Este chino. Ciertamente, me hallo como un extraño en las afueras de ese enorme campo del saber y la experiencia donde Wilhelm cooperara como maestro de su profesión. Él como sinólogo y yo como médico jamás habríamos tenido contacto si hubiésemos permanecido especialistas. Pero nos encontramos en la tierra de los hombres, que comienza más allá de los hitos limítrofes académicos. Ahí se halló nuestro punto de contacto, ahí cruzó la chispa que encendió esa luz que había de conducirme a uno de los sucesos más significativos de mi vida. Es, pues, en razón de esa vivencia que me permito hablar de Wilhelm y de su obra, recordando con agradecido respeto a ese espíritu, que creó un puente entre Este y Oeste para legar al occidente la preciosa herencia de una cultura milenaria destinada quizás a declinar.
Wilhelm poseía la maestría que adquiere sólo quien supera su especialidad, y de ese modo su ciencia llegó a ser para él un asunto que concernía a la humanidad -no, no llegó a ser; lo era ya desde el principio, y lo fué siempre. Pues, ¿qué otra cosa lo hubiera podido alejar de tal modo del horizonte estrecho de los europeos, y aun de los misioneros, para que, apenas impuesto todavía del secreto del alma china, presintiera en ella tesoros ocultos para nosotros, y en pro de esta preciosa perla inmolara su prejuicio europeo? Sólo pudo haber sido un sentimiento humanitario que todo abarcase, una grandeza de corazón que presintiese la totalidad, lo que le posibilitó abrirse incondicionalmente a un espíritu hondamente foráneo y poner al servicio de su influjo las múltiples dotes y capacidades de su alma.
Su comprensiva dedicación, más allá de todo resentimiento cristiano, más allá de toda arrogancia europea, es ya por sí sola testimonio de un espíritu raramente grande, pues en contacto con civilizaciones extrañas los mediocres se pierden, ya en ciego desarraigo de sí mismos, o en celo crítico tan falto de comprensión como presuntuoso. Tanteando las desnudas superficies y externalidades de la cultura foránea, no comen de su pan ni beben de su vino, y así nunca entran en la communio spiritus, esa muy íntima trasfusión e interpretación que prepara el nuevo nacimiento.
Por regla, el erudito especializado es un espíritu únicamente masculino, un intelecto para el que la fecundación es un proceso extraño y antinatural; por lo tanto, una herramienta especialmente inapropiada para dar a luz a un espíritu foráneo. Un espíritu más grande, empero, lleva el signo de lo femenino, y le es dada una matriz receptiva y fructífera que posibilita la re-creación de lo foráneo bajo forma conocida. Wilhelm poseía en medida plena el raro charisma de la maternidad espiritual. A ése debía su empatía, hasta aquí inalcanzada, del espíritu del Oriente, que lo capacitó para sus incomparables traducciones.
Considero, como mayor entre sus logros, la traducción y comentario del I Ging. Hasta el momento de conocer la traducción de Wilhelm, me había ocupado durante años con la insuficiente traducción de Legge; en consecuencia, estuve en posición de apreciar la extraordinaria diferencia de la manera más completa. Wilhelm ha logrado hacer resucitar bajo una viviente forma nueva esa vieja obra, en la que no sólo muchos sinólogos, sino también los mismos chinos modernos, no perciben más que una colección de absurdos ensalmos mágicos. Esa obra encarna, como por cierto ninguna otra, el espíritu de la cultura china; los mejores espíritus de la China han colaborado en ella y le han aportado, durante miles de años. No ha envejecido a pesar de su edad legendaria, sino que vive y opera siempre, al menos para aquellos que comprenden su sentido. Y que nosotros pertenezcamos también a esos favorecidos lo debemos a la creativa proeza de Wilhelm. Él nos ha aproximado a esa obra, no sólo merced a un cuidadoso trabajo de traducción, sino también mediante su experiencia personal, por un lado como discípulo de un maestro chino de antigua escuela y, por el otro, como iniciado en la psicología del yoga chino, para quien la aplicación práctica del I Ging era una vivencia continuamente renovada.
Pero con todos esos ricos dones, Wilhelm nos ha también sobrecargado con una tarea cuya magnitud quizás podamos intuir con el tiempo, pero no seguramente abarcar de una ojeada todavía. A quien, como yo, haya tenido la rara fortuna de experimentar, en intercambio espiritual con Wilhelm, la fuerza adivinatoria del I Ging, no le puede a la larga quedar oculto que tocamos acá un punto de Arquímedes a partir del cual puede ser desgoznada nuestra posición espiritual occidental. Ciertamente, no es pequeño mérito esbozarnos un cuadro tan prolijo y colorido de una cultura para nosotros extraña, como el realizado por Wilhelm, pero eso va a significar algo menos comparado también con el hecho de que nos haya inoculado, por encima y más allá de aquello, con un germen viviente del espíritu chino, apropiado para modificar nuestra imagen del universo. No hemos quedado en espectadores únicamente admirativos o únicamente críticos, sino que participamos del espíritu del Este en la medida en que hayamos logrado experimentar la eficacia viviente del I Ging.
La función en que se basa la práctica del I Ging -si se me permite expresarme así- está de hecho, según todas las apariencias, en la más aguda contradicción con nuestra manera occidental, científico-causal, de considerar al mundo. Es, en otras palabras, extremadamente acientífica, sencillamente prohibida, y por ende, apartada de nuestro juicio científico e incomprensible para él.
Hace algunos años me preguntó el entonces presidente de la British Anthropological Society cómo podía yo explicar que un pueblo espiritualmente tan elevado como el chino no hubiese materializado ninguna ciencia. Le repliqué que eso debía muy bien ser una ilusión óptica, pues los chinos poseían una "ciencia" cuyo standard work era precisamente el I Ging, pero que el principio de esta ciencia, como tantas otras cosas en China, es por completo diferente de nuestro principio científico. La ciencia del I Ging, en efecto, no reposa sobre el principio de causalidad sino sobre uno, hasta ahora no denominado -porque no ha surgido entre nosotros- que a título de ensayo he designado como principio de sincronicidad. Mis exploraciones de los procesos inconscientes me habían ya obligado, desde hacía muchos años, a mirar en torno mío en busca de otro principio explicativo, porque el de causalidad me parecía insuficiente para explicar ciertos fenómenos notables de la psicología de lo inconsciente. Hallé en efecto primero que hay fenómenos psicológicos paralelos que no se dejan en absoluto relacionar causalmente entre sí, sino que deben hallarse en otra relación del acontecer. Esta correlación me pareció esencialmente dada por el hecho de la simultaneidad relativa, de ahí la expresión "sincronicidad". Parece, en realidad, como si el tiempo fuera, no algo menos que abstracto, sino más bien un continuum concreto, que contiene cualidades o condiciones fundamentales que se pueden manifestar, con simultaneidad relativa, en diferentes lugares, con un paralelismo causalmente inexplicable como, por ejemplo, en casos de la manifestación simultánea de idénticos pensamientos, símbolos o estados psíquicos. Otro ejemplo sería la simultaneidad, destacada por Wilhelm, de los períodos estilísticos chinos y europeos, que no pueden ser causalmente relacionados entre sí. Si dispusiera de resultados generalmente confirmados, la astrología sería un ejemplo de sincronicidad de máxima importancia. Pero hay al menos algunos hechos suficientemente verificados y confirmados mediante extensas estadísticas, que hacen aparecer el planteo astrológico como digno de la consideración filosófica. (La valoración psicológica está sin más asegurada, pues la astrología representa la suma de todas las nociones psicológicas de la antigüedad.) La posibilidad, de hecho existente, de reconstruir un carácter de modo suficiente a partir de una natividad, prueba la relativa validez de la astrología. Pues la natividad no reposa, empero, de ninguna manera sobre las posiciones estelares astronómicas reales, sino sobre un sistema temporal arbitrario, puramente conceptual, ya que, debido a la precesión de los equinoccios, hace mucho que el punto vernal se ha desplazado del 0° de Aries. En consecuencia, en tanto haya diagnósticos astrológicos efectivamente correctos, no descansan sobre las acciones de los astros, sino sobre nuestras hipotéticas cualidades del tiempo; es decir, en otras palabras, que lo que ha nacido o sido creado en este momento del tiempo, tiene la cualidad de este momento.
Ésa es, al mismo tiempo, la fórmula fundamental de la práctica del I Ging. Como se sabe, se obtiene el conocimiento del hexagrama, que es imagen del momento, mediante una manipulación, basada en el azar más puro, de las varillas del milenrama o de las monedas. Los palillos rúnicos caen tal cual es el momento. La cuestión sólo es: ¿lograron el antiguo rey Wen y el duque de Dschou, nacidos alrededor del año 1000 a. C., interpretar o no correctamente la imagen casual de los palillos rúnicos arrojados?
Sobre eso decide únicamente la experiencia. En ocasión de su primera conferencia sobre el I Ging, en el Club Psicológico de Zurich, Wilhelm demostró, a mi pedido, el método para consultar el I Ging, e hizo así un pronóstico que en menos de dos años se cumplió al pie de la letra y con toda la claridad deseable. Este hecho podrá ser confirmado por muchas experiencias paralelas. No me es aquí, empero, de importancia establecer objetivamente la validez de los enunciados del I Ging, sino que los asumo según lo hiciera mi difunto amigo y, por ende, me ocupo sólo del hecho asombroso de que se haga legible la qualitas occulta del momento de tiempo, expresada mediante el hexagrama del I Ging. Se trata de una relación del acontecer análoga no sólo a la astrología sino esencialmente emparentada con ella. El nacimiento corresponde a los palillos rúnicos echados, la constelación natal al hexagrama, y la interpretación astrológica resultante de la
constelación corresponde al texto apropiado al hexagrama.
El pensamiento que se edifica sobre el principio de sincronicidad, y que alcanza su máxima cima en el I Ging, es en suma la expresión más pura del pensamiento chino. Entre nosotros este pensamiento desapareció de la historia de la filosofía desde Heráclito, hasta que percibimos de nuevo, con Leibniz, un lejano eco. Pero no estuvo extinguido durante el intervalo, sino que pervivió en la penumbra de la especulación astrológica y, todavía hoy, permanece en ese nivel.
Toca aquí el I Ging algo que entre nosotros necesita desarrollo. El ocultismo ha vivido en nuestros días un renacimiento que realmente no tiene parangón. Casi oscurece la luz del espíritu occidental. No pienso, con esto, en nuestras academias y sus representantes. Soy un médico, y tengo que ver con gente común. Por eso sé que las universidades han cesado de actuar como fuentes de luz. La gente está saciada de la
especialización científica y del intelectualismo racionalista. Quiere oír acerca de una verdad que no estreche sino ensanche, que no oscurezca sino ilumine, que no se escurra sobre uno como agua sino que penetre conmovedora hasta la médula de los huesos. Ese buscar amenaza, en un público anónimo pero amplio, con desembocar en rutas falsas.
Cuando pienso en la proeza y la significación de Wilhelm, me viene siempre a la mente Anquetil du Perron, aquel francés que trajo a Europa la primera traducción de los Upanishads, justo en ese momento en que, por primera vez desde hacía casi mil ochocientos años, ocurría el hecho inaudito de que una Déese Raison derribara de su trono en Nótre Dame al Dios cristiano.
Hoy, cuando en Rusia sucede algo mucho más inaudito que en el París de ese tiempo, cuando en Europa misma el símbolo cristiano ha alcanzado tal estado de debilidad que inclusive los budistas estiman llegado el momento de una misión europea, es Wilhelm quien nos trae del Este una nueva luz. Ésta es la tarea cultural que Wilhelm ha sentido. Él ha reconocido cuánto nos podía dar el Este para la curación de nuestra necesidad espiritual.
No se ayuda a un pobre con que le pongamos en la mano una limosna más o menos grande, a pesar de que así lo desee. Se lo ayuda mucho más cuando le señalamos el camino para que, mediante el trabajo, pueda librarse duraderamente de su necesidad. Los mendigos espirituales de nuestros días están, por desgracia, en exceso inclinados a aceptar en especie la limosna del Este, es decir, a apropiarse sin reflexionar de las posesiones espirituales del Este e imitar ciegamente su manera y modo.
Ése es el peligro, sobre el cual no puede prevenirse lo bastante, y que también Wilhelm sintió claramente. La Europa espiritual no es ayudada con una nueva sensación o un nuevo cosquilleo de los nervios. No podemos robar lo que China edificó en miles de años. Para poseer, debemos más bien aprender a adquirir. Lo que el Este tiene para darnos ha de ser para nosotros simple ayuda para una labor que todavía tenemos que realizar. ¿De qué nos sirve la sabiduría de los Upanishads, de qué las penetrantes percepciones del yoga chino, cuando abandonamos nuestros propios cimientos como errores anticuados y nos establecemos furtivamente sobre costas extranjeras como piratas sin patria? La penetrante inteligencia del Este, sobre todo la sabiduría del I Ging, no tienen sentido alguno para quien se encierra frente a su propia problemática, para quien vive una vida artificialmente aprestada con prejuicios tradicionales, para quien se vela su real naturaleza humana, con sus peligrosos subsuelos y oscuridades. La luz de esa sabiduría alumbra sólo en la oscuridad, no bajo la eléctrica luz de los reflectores del teatro de la conciencia y la voluntad europeos. La sabiduría del I Ging ha salido de un trasfondo de cuyos horrores presentimos algo cuando leemos acerca de las masacres chinas, o del sombrío poder de las sociedades secretas chinas, o de la pobreza sin nombre, la suciedad sin esperanza y los vicios de la masa china. Si queremos experimentar como algo viviente la sabiduría de China, tenemos necesidad de una correcta vida tridimensional. En consecuencia, primero tenemos necesidad de la verdad europea acerca de nosotros mismos. Nuestro camino comienza con la realidad europea y no con las prácticas del yoga, que han de alejarnos, engañados, de nuestra propia realidad. Para mostrarnos dignos discípulos del maestro, debemos proseguir en un sentido más amplio el trabajo de traducción de Wilhelm. Así como él tradujo al sentido europeo el bien espiritual del Oriente, debemos nosotros traducir ese sentido a la vida.
Como ustedes conocen, Wilhelm tradujo el concepto central "Tao" por sentido. Sería ciertamente tarea del discípulo traducir a la vida ese sentido, es decir, realizar el Tao. Pero no se crea el Tao con palabras y buenos preceptos. ¿Sabemos exactamente cómo nace el Tao en nosotros, o en torno nuestro? ¿Acaso por la imitación? ¿Acaso por la razón? ¿O por acrobacia de la voluntad?
Sentimos que todo eso es ridículamente inconmensurable. ¿Por dónde comenzaremos, sin embargo, esta primerísima tarea? ¿Estará en nosotros, o con nosotros, el espíritu de Wilhelm si no resolvemos esta tarea bien a la europea, es decir, de manera real? ¿O habrá de ser ésa a la postre una pregunta retórica, cuya respuesta se desvanece en el aplauso?
Miremos hacia el Este. Allí se cumple un destino en exceso abrumador. Los cañones europeos han hecho saltar las puertas del Asia, la ciencia y la técnica europeas, la mundanalidad y la codicia europeas inundaron a China. Políticamente hemos vencido al Este.
¿Saben ustedes lo que sucedió cuando Roma hubo subyugado políticamente al cercano Oriente? El espíritu del Este entró en Roma. Mitra fué el dios militar romano y, del rincón más improbable del Asia menor, vino una nueva Roma espiritual. ¿No sería de pensar que hoy en día sucede algo similar, y que fuésemos tan ciegos como los romanos educados, que se maravillaban de las supersticiones de los Xρηστοί ? Ha de notarse que Inglaterra y Holanda, las dos potencias coloniales más antiguas del Este, son a la vez las más infectadas por la teosofía india. Sé que nuestro inconsciente se halla pleno de simbolismo oriental. El espíritu del Este está realmente ante portas. En consecuencia, me parece que la realización del sentido, la búsqueda del Tao, se ha hecho ya entre nosotros un fenómeno colectivo, en una medida mucho mayor de lo que en general se piensa. Considero, por ejemplo, el hecho de que se haya solicitado a Wilhelm y al indólogo Hauer un informe sobre yoga para el congreso de psicoterapeutas alemanes de este año, como un signo de los tiempos extremadamente significativo. ¡Reflexiónese lo que significa para el médico práctico, que tiene que ver de modo totalmente inmediato con los hombres sufrientes, y por tanto receptivos, tomar contacto con los sistemas curativos orientales! Penetra así

por todos los poros el espíritu del Este, y alcanza los lugares más llagados de Europa. Podría ser una infección peligrosa, pero quizás también sea un remedio. La babilónica confusión de lenguas del espíritu
occidental ha engendrado una desorientación tal que cada cual ansía una verdad simple o, al menos, ideas generales, que no hablen sólo a la cabeza sino también al corazón, que den claridad al espíritu que las contempla y paz al inquieto empuje de los sentimientos. Como lo hiciera la antigua Roma, hoy también sucede que importamos de nuevo todas las supersticiones exóticas con la esperanza de descubrir en ellas el remedio correcto para nuestra enfermedad.
El instinto humano sabe que toda gran verdad es simple y, por ende, el débil de instintos supone que la gran verdad existe en todas las simplificaciones y trivialidades baratas o cae, a consecuencia de sus desilusiones, en el error contrapuesto de que la gran verdad deba ser lo más oscura y complicada posible. Tenemos hoy en la masa anónima un movimiento gnóstico que, psicológicamente, corresponde de manera exacta al de hace mil novecientos años. Entonces, al igual que hoy, peregrinos solitarios como el gran Apolonio, tienden los hilos espirituales desde Europa hasta Asia, quizás hasta la India lejana.
Considerado desde tal perspectiva histórica veo a Wilhelm como uno de esos grandes mediadores gnósticos que pusieron en contacto los bienes culturales del cercano Oriente con el espíritu heleno y, con ello, hicieron nacer de las ruinas del imperio romano un nuevo mundo.
Entonces, como hoy, preponderaban lo múltiple, lo trivial, la excentricidad, el mal gusto y la inquietud interior. Entonces, como hoy, el continente del espíritu estaba inundado, de manera que sólo emergían del oleaje indefinido, como otras tantas islas, picos individuales. Entonces, como hoy, se hallaban abiertos todos los desvíos espirituales, y florecía el trigo de los falsos profetas.
En medio de la estrepitosa desarmonía de los cobres y las maderas de la opinión europea, es una bendición escuchar la palabra simple de Wilhelm, del mensajero de China. Obsérvesela: está moldeada sobre el candor vegetal del espíritu chino, que puede expresar lo hondo sin pretensión; deja entrever algo de la simplicidad de la gran verdad, de la sencillez del significado profundo, y trae hasta nosotros el suave perfume de la Flor de Oro. Penetrando con su suavidad, ha implantado en el suelo de Europa una pequeña simiente tierna, para nosotros nuevo presentimiento de vida y de sentido, después de todo el espasmo de arbitrariedad y arrogancia.
Wilhelm tenía, ante la cultura foránea del Oriente, la gran discreción tan poco común para el europeo. No le opuso nada, ningún prejuicio y ningún mejor saber, sino que le abrió corazón y mente. Se dejó asir y formar por ella de modo que, cuando retornó a Europa, no sólo trajo consigo una fiel imagen del Este en su espíritu, sino también de su ser. Ciertamente no logró tan honda transformación sin un gran sacrificio, dado que nuestras premisas históricas son tan distintas de las del Oriente. La acuidad de la conciencia occidental, y su aguda problemática, debía ceder ante la esencia más universal y más impasible del Este, y el racionalismo occidental y su unilateral diferenciación, ante la amplitud y simplicidad orientales. Para Wilhelm, esa modificación significó por cierto no sólo un desplazamiento del punto de vista sino también una redisposición esencial de los componentes de su personalidad. No hubiera podido crear Wilhelm de esa manera consumada la pura imagen del Este, liberada de toda premeditación y violencia, que nos dió, si no hubiera logrado al mismo tiempo dejar que el hombre europeo dentro suyo se retirase al trasfondo. Si hubiera dejado que Este y Oeste se embistieran dentro suyo con inmitigada dureza, no hubiera podido colmar su misión de proveernos una imagen pura de la China. El autosacrificio del hombre europeo era inevitable, e indispensable para el cumplimiento de la tarea del destino.
Wilhelm colmó su misión en el más alto sentido. No sólo nos ha hecho accesibles los muertos tesoros espirituales de la China, sino que también trajo consigo, como ya he detallado antes, la raíz espiritual, viviente a través de milenios, del espíritu chino, y la plantó en el suelo de Europa. Con la consumación de esa tarea, alcanzó su misión la cima y, con ello -desgraciadamente- también su término. De acuerdo con la ley, tan claramente vista por los chinos, de la enantiodromía, del curso contrario, sale del fin el principio de lo opuesto. De este modo, en su culminación, yang pasa a ying y la afirmación es reemplazada por la negación. Sólo durante los últimos años de su vida me acerqué a Wilhelm, y he podido observar cómo, con la consumación de la obra de su vida, Europa y el hombre europeo se le aproximaban más y más, y aun incluso lo oprimían. Y con eso creció en él el sentimiento de que se hallaba ante un gran cambio, ante una transformación, cuya esencia por cierto no le era claramente comprensible. Sólo sabía que se hallaba ante una crisis decisiva. La enfermedad física corría paralela con ese desarrollo espiritual. Sus años estaban repletos de recuerdos chinos, pero eran siempre imágenes tristes y sombrías las que flotaban ante sus ojos, clara prueba de que los contenidos chinos se habían hecho negativos.
Nada puede ser sacrificado para siempre. Todo vuelve más tarde bajo una forma cambiada. Y donde una vez tuvo lugar un gran sacrificio debe existir, cuando lo sacrificado retorna, un cuerpo todavía sano y resistente, para poder soportar las sacudidas de una gran transformación. Por eso una crisis espiritual de tal dimensión significa a menudola muerte, cuando incide sobre un cuerpo debilitado por la enfermedad.
Pues ahora el cuchillo sacrificial está en manos del entonces sacrificado y, de quien fué una vez sacrificador, se exige una muerte.
No he reprimido, como ustedes ven, mis concepciones personales, pues, ¿de qué otra manera me hubiera sido posible hablar de Wilhelm sino diciendo cómo lo he vivenciado? La obra de su vida me es de tan alto valor porque me explicó y confirmó tanto de lo que yo intenté, luché por hallar, pensé e hice a fin de encontrarme con el sufrimiento del alma de Europa. Fué para mí una poderosa vivencia oír a través suyo, en elocución clara, lo que oscuramente alboreaba frente a mí partiendo de las confusiones de lo inconsciente europeo. De hecho, Wilhelm me dió tanto que me parece que hubiera recibido de él más que de ningún otro, por lo cual, también, no siento como presunción ser yo quien deposite en el altar de su memoria toda nuestra gratitud y respeto.

(1) Carl Gustav Jung - El Secreto de la Flor de Oro - Ed. Paidós 1955 - ISBN 84-7509-066-4