10 de abril de 2013

Antítesis y Síntesis



Los ocho símbolos fundamentales del Libro de las mutaciones


Si queremos entender correctamente el Libro de las mutaciones y su filosofía, hemos de partir de la base de que éste fue inicialmente un libro-oráculo, que contestaba a determinadas preguntas escuetamente con un sí o un no. La respuesta «sí» se representaba gráficamente con un guión largo y la respuesta «no» con un guión en dos segmentos. Pero, muy pronto, el pensamiento chino traspasa los límites del simple oráculo y va perfeccionando paulatinamente un método tan elemental como éste, hasta hacer de él un sistema para la comprensión del mundo. Detalle característico y diferencial del pensamiento chino es que, en tanto que en Europa se toma como punto de partida el ser puro, en China éste es aprehendido en su mutación. Se trata, por consiguiente, de una actitud intermedia entre el budismo y la filosofía occidental del ser. El budismo, que reduce toda existencia a mera forma fenoménica, y la filosofía del ser, que entiende éste como la auténtica realidad oculta tras la apariencia del devenir, constituyen, por así decir, dos conceptos antitéticos. El pensamiento chino busca la conciliación afirmando que los elementos de la antítesis se encuentran en el tiempo y que dos estados, de suyo no conciliables, se concilian al sucederse alternativamente en el tiempo y transformarse el uno en el otro. Resumiendo, podemos decir que la idea fundamental del Libro de las mutaciones es que antítesis y síntesis son generadas en y por el tiempo.


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Richard Wilhelm, La Sabiduría del I Ching - Ediciones Guadarrama, Colección Universitaria de Bolsillo Punto Omega

8 de abril de 2013

Lo perdurable en la obra de Richard Wilhelm





El gusto por lo exótico no fue en verdad el motivo determinante de que Richard Wilhelm se ocupara de China —país que conocía demasiado bien por propia visión—, pero sí el de no pocos de sus discípulos y admiradores. Bajo cualesquiera condiciones, China ha venido siendo en Europa objeto preferido en la búsqueda de lo que no se tenía, una búsqueda que, a menudo, no se caracterizaba tanto por el «imperativo de hallar la verdad» cuando por el «placer de dejarse sorprender». Sin duda que por ello, los presuntos descubrimientos en cuanto a los cambios del trasfondo cronológico fueron tanto más llamativos, sólo que en muchos casos resultaron ser exclusivamente proyecciones de una imaginación volitiva, que se esfumaron junto con ésta.
Desde que Europa entró en contacto con el Imperio del Centro, China no había experimentado nunca un cambio tan profundo como durante los cincuenta años que se van a cumplir desde que Richard Wilhelm desarrollaba su actividad en Alemania. Lo más sorprendente es que, entretanto, se ha eliminado radicalmente la vuelta a lo antiguo, que constituía la más acusada característica del alma china. Todas las caracterizaciones que, por decirlo con palabras del escritor Lin Yutang, muy leído en América y, hasta hace poco, también en Europa, hablaban del «espíritu del primer otoño», compendio del «viejo pueblo» chino[1], están hoy en entredicho. Pese a la innegable extensión de su historia, China aparece en nuestros días, por el contrario, como un país singularmente joven cuyo radiante optimismo, objeto de la admiración no casual de las naciones en proceso de desarrollo, confiere a Occidente una imagen un tanto caduca, decrépita. Ya antes algunos observadores señalaron que, por paradójico que resulte, China era a un mismo tiempo antiquísima y muy joven, lanzando la teoría de que su característica privativa no era la edad, sino la atemporalidad, una atemporalidad que procede de la vital afirmación del presente y de la ampliación de éste hasta convertirlo de punto instantáneo, que es como se lo concibe en Europa, en un círculo que comprende por igual pasado y futuro. Pese a la misma violencia y decisión con que la China actual se ha desvinculado del pasado —medida, por lo demás, comprensible a la vista de las desde siglos cada vez más paralizantes categorías del confucionismo—, ha permanecido fiel a sí misma incluso en este sesgo. La inconfundible tendencia a la sencillez, la invencible confianza en la fuerza de la vida humana y el concepto infrecuente por real del tiempo, cuya esencia no es determinada, como casi siempre en Europa, por la idea de un objetivo futuro, sino por la del instante justo, todas estas peculiaridades se pueden encontrar también en la China actual. Sin ellas no se podría explicar ni el sorprendente desarrollo económico, producto de toda una teoría de invenciones al parecer primitivas, ni la ya mencionada confianza en sí misma incluso frente a las superbombas de la técnica, como tampoco la pretensión, que tanto viene irritando a la Unión Soviética, de alcanzar las fases del socialismo y comunismo ya en el presente, y no en un futuro más o menos remoto.
Con toda seguridad que, cuando intentaba difundir en Alemania la filosofía china, Richard Wilhelm no llegó a ver el desarrollo de la moderna China o, al menos, lo observó con preocupación hasta allí donde pudo intuirlo, como parecen indicar algunas notas suyas de la época de su segunda estancia en China a principios de los años veinte. Aquel desarrollo amenazaba inexorablemente a la vieja China que él amaba. Aparte de sus traducciones de clásicos chinos, que conservarán siempre su valor por la misma fuerza de su lenguaje, llevó a cabo asimismo investigaciones que alcanzaron el núcleo central de la cultura china y permanecieron poco menos que intactas a través de los años, porque, aunque tal vez Richard Wilhelm no llegó a saberlo entonces, presentaban conceptos no sólo de Confucio y Lao-tse, sino, en definitiva, del alma china. A este momento pertenecen en primera línea los distintos trabajos en torno al I Ching, que si los contemplamos dentro del marco cronológico de su aparición, nos revelan la lenta penetración de Richard Wilhelm en el complicado sistema de relaciones que preside este libro. En ningún escrito occidental anterior a él y en contadísimos posteriores a él —y de éstos, como detalle sintomático, casi exclusivamente en los de su hijo Hellmut Wilhelm— es presentado el I Ching como método válido para la interpretación de los más dispares procesos que tienen lugar en el mundo de la naturaleza y del hombre, tal como había sido desde un principio en China.
No menos interesantes son algunos trabajos de Richard Wilhelm, que se ocupan directa o indirectamente del concepto de la vida, específicamente chino, y se hallan claramente bajo la impresión del «movimiento vital» de 1923. Su estudio sobre la magia, en el ensayo El control del destino en China, puede parecer superado, pero precisamente en ello radica su interés para comprender las premisas «medievales» de que tuvo que liberarse la China actual, no sin adoptar algunos elementos de entonces, prescindiendo por completo de la insistencia con que conceptos similares se conservan hasta nuestros días en Europa. Como detalle característico del concepto de la «vida» chino, tenemos que tener en cuenta que en este idioma la «vida» está repartida entre dos conceptos totalmente distintos entre sí: la «vida» en el sentido de «destino», «curso y desarrollo de la existencia» es ming, y la «vida» entendida como «función», «vitalidad», «fuerza vital» es sheng. Esta escisión, que aparece en marcada oposición a la fusión —en el fondo sorprendente— de los dos conceptos en una voz única, como ocurre en las lenguas de Occidente, se manifestó en un mayor énfasis del segundo aspecto, siempre en comparación con la concepción europea, en la que predominaba más bien el primero. Con ello, individuo, racionalidad y libertad, de un lado, y grupo, fe y voluntad de integración ordenada, de otro, adquieren un valor específico muy distinto del que tuvieron en Europa, detalle éste a tener en cuenta a la hora de enjuiciar incluso la China de hoy. En sus escritos sobre las relaciones entre Oriente y Occidente, el propio Richard Wilhelm ha intentado repetidas veces un cotejo de los dos ámbitos culturales partiendo de estos parámetros. Semejantes comparaciones, que necesariamente no pasan de ser generalizaciones, son siempre, a decir verdad, peligrosas y muy vulnerables. Éste es el motivo de que sean evitadas por casi todos los sabios; en efecto, la observación a vista de pájaro de problemas complicados es en no pocas ocasiones una forma encubierta de temor y falta de confianza. Pero si, pese a todos los riesgos, las comparaciones son realizadas por alguien que, como Richard Wilhelm en el caso de China, emite juicios fruto de un conocimiento directo y basado en el estudio profundo, entonces tienen un valor tanto más elevado y duradero. En su caso, no sólo contribuyeron a reducir el prejuicio de la superioridad básica de la cultura occidental frente a la oriental, sino que, además, alumbraron la idea de que culturas vivas, que han de convivir y subsistir, son algo más que objetos de valor equiparable, pues poseen la posibilidad de complementarse y, con ello, la facultad de ampliarse y fructificar. En distintos aspectos de la trayectoria de Richard Wilhelm se refleja el destino del encuentro intelectual de Europa y China, que se inició como empeño unilateral y, superando actitudes negativas, se convirtió a la postre en intercambio. Richard Wilhelm colaboró desde el principio en este proceso, que sigue proyectando su influencia hasta nuestros días; Richard Wilhelm contribuyó a su alumbramiento. En Alemania, sus escritos en este campo han hecho historia; otros, en cambio, aún no son historia. Y como quiera que han sido sus escritos los que, en el más puro sentido de la expresión, han abierto el camino, todo intento de llegar a un mejor entendimiento con China en cuestiones fundamentales tendrá que seguir siempre el curso que, como avanzado caminante solitario, nos abriera Richard Wilhelm.


Wolfgang Bauer


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[1] Lin Yutang: Mi tierra y mi pueblo (Mein Land und mein Volk), Stuttgart, 1964, pág. 415.

Richard Wilhelm, La Sabiduría del I Ching - Ediciones Guadarrama, Colección Universitaria de Bolsillo Punto Omega