14 de marzo de 2019

La metáfora




En el I King, uno de los nombres del universo es los Diez Mil Seres. Hará treinta años, mi generación se maravilló de que los poetas desdeñaran las muchas combinaciones de que esa colección es capaz y maniáticamente se limitaran a unos pocos grupos famosos: las estrellas y los ojos, la mujer y la flor, el tiempo y el agua, la vejez y el atardecer, el sueño y la muerte...

Jorge Luis Borges


27 de mayo de 2018

Orígenes Históricos del Yijing




Uno de los rasgos más característicos de la cultura china es la relativa invariabilidad de sus formas culturales esenciales, que han seguido la misma pauta desde hace casi cuarenta siglos. Algunos caracteres de la escritura china siguen siendo, como veremos, los mismos que hace tres mil años usaron los adivinos de las antiguas dinastías: nos hallamos ante una especie de "fósil viviente" que pervive gracias a las especiales características de ritos primordiales de la cultura china, como el culto a los antepasados, que "obligó" a los sabios a no alejarse de las normas establecidas por los ancestros. Para los chinos del período clásico, la cultura era la suma de la sabiduría de maestros pasados, tan perfecta que no podía alterarse ni modificarse de modo sustancial. Esta concepción de la cultura podría explicar -en parte- el monolitismo cultural chino y su relativo estancamiento en algunos campos de investigación; sin embargo el respeto a la tradición ha contribuido a la creación y conservación de una ingente cantidad de registros escritos que nos explican cuáles eran los principales cánones tradicionales y cómo se debían interpretar para no traicionar el deseo de los antepasados. En este contexto debemos entender las palabras de Kongzi, el maestro Confucio, cuando dijo: "yo no invento; transmito", Confucio se situaba de este modo en la cadena de sabios que comunicaban el conocimiento de forma literal.
Las dinastías chinas más antiguas eran monarquías teocráticas, designadas por el poder del Cielo, y por lo tanto, cualquier asunto político era, a la vez, un asunto religioso. La adivinación era un asunto de estado, y su práctica permitía consultar al Cielo, a los antepasados o a los dioses y espíritus cuál era la vía de acción a seguir. En la tradición china, los sistemas mánticos se asociaban a los héroes mitológicos fundadores de la civilización, asegurando un linaje aristocrático para los adivinos y sus sistemas. Esto elevó el estatus de los métodos adivinatorios a un nivel raramente igualado en otras partes del mundo.
Las prácticas mánticas alcanzaron tal relevancia y llegaron a otorgar a sus usuarios tal poder, que se convirtieron en patrimonio de los emperadores y de la aristocracia china. La historia se remonta a la Edad del Bronce, cuando un pueblo llegado de las grandes llanuras de Asia Central consiguió someter a la cultura agrícola conocida en los anales chinos como dinastía Xia, pueblo cultivador de mijo y soja asentado en la planicie del Huanghe, el Río Amarillo. Este pueblo conquistador, conocedor del bronce y poseedor, por tanto, de un armamento más poderoso se hizo con el control de la región y llegaría a ser conocido como la dinastía Shang, la primera de las dinastías históricas chinas, que gobernó entre los siglos XVII-X1 a.C. Los Shang son una cultura que intenta, a su manera, civilizar el entorno; asentados en las fructíferas tierras del Río Amarillo y de sus afluentes, encuentran un lugar con las fuentes de riego necesarias para poder aprovechar el tipo de suelo. Pero el río es caprichoso, con impredecibles crecidas y cambios de curso inesperados. Ya desde la época Shang, el agua representará para los chinos un elemento altamente peligroso que hay que vigilar constantemente y, eventualmente, llegar a "vencer". Este terror reverencial representado por el agua se hará patente en los mitos de Yu, el Domesticador de las Aguas. Por otra parte, la llegada oportuna de las lluvias primaverales se convertirá en otro de los factores decisivos para la fertilidad de la tierra: demasiada lluvia inundará los cultivos y arruinará la cosecha; poca lluvia convertirá el loess -la fértil tierra amarilla de la cuenca del río Amarillo- en polvo seco e inutilizará la tierra. Por este motivo, en el contexto del Yijing la mención de la lluvia siempre tiene un carácter benéfico y liberador, y la falta de lluvia es un motivo de preocupación permanente.

Jordi Vilà - Introducción al estudio del Yijing, Yijing El Libro de los Cambios
Editorial Atalanta, Segunda Edición, ISBN 978-84-934625-9-8